LA SEMANA
Reindustrializar o naufragamos
La dicotomía es clara: o somos capaces de reindustrializar el país, o el naufragio será inevitable. Los datos lo confirman: esta crisis la aguantan mejor las economías industriales, léase Alemania, y la resisten mejor las regiones con más industria que las que viven solo del turismo y los servicios. Por ejemplo, dentro de España el índice de desempleo es más bajo en el Pais Vasco y Navarra que en Murcia y Andalucía. Durante años buena parte de los economistas, proclamando el discurso de la Nueva Economía, los mismos que solo aciertan la quiniela del día después, desconsideraron a los ingenieros y sus factorías. Ahora resulta que solo les salen las cuentas allí donde la ingeniería sobrevivió.
Hay poco que discutir: si España se basa solo en el turismo —que se mantiene próspero— más los servicios, con industria testimonial, nuestra economía tenderá a parecerse a la de la República Dominicana. Si somos capaces de fortalecer una industria de nuevo tipo basada en las nuevas tecnologías como pilar fuerte, en vez de la construcción, superaremos la crisis con mayor velocidad. Hay quien cree que eso no es un empacho de optimismo. Steve Ingham, presidente de una empresa global de caza talentos, estima que «todo apunta a que España va a dar la sorpresa económica». Justifica tan esperanzadora premonición, respondiendo que no será fácil pasar de un modelo de deuda y ladrillo a otro de ahorro y exportación pero afirma que, en sus conversaciones con inversores internacionales, detecta que el motor del empleo arrancará aquí de nuevo en cuanto se asiente la confianza de que va a durar la trilogía de salarios bajos, despido fácil y barato, más suelo asequible. Lo importante, insiste, es que no asustemos con impuestos.
Su pronóstico, con matices, coincide con lo que escuchamos hace tres meses a Emilio Botín y a Francisco González, presidentes de los dos grandes bancos españoles que han salvado los muebles gracias a su presencia internacional. Como Telefónica, que gana fuera lo que pierde aquí. Algunas voces serias en el Gobierno enlazan con ese convencimiento: lo peor es posible que lo hayamos superado ya. Lo que pasa es que no nos lo creemos todavía. Y razones tenemos para desconfiar.
Pero cualquier previsión tiene que aterrizarse y ahí el factor industrial reaparece. El influyente Colegio y la Asociación de Ingenieros Industriales de Madrid acaban de editar un documentado estudio en el que constatan el retroceso de la industria en España (caída de cuatro puntos en su aportación al Producto Interior Bruto, del 18 al 14 por ciento) frente al auge del sector servicios (del 58 al 63 por ciento). «Mantener o implantar un nuevo y adecuado tejido industrial es totalmente necesario para crecer en prosperidad», concluye el estudio.
Ese es el camino. Solo hay que poner las condiciones ambientales para que eso suceda. Y ese trabajo le corresponde a la política. El problema es que la política está ocupada en otras cosas y no en superar la crisis. El PP anda discutiendo internamente sobre la nueva Ley del Aborto. El PSOE se debate sobre si convoca o no primarias para elegir a sus líderes. El Parlamento Catalán no tiene más asignatura que el camino a la independencia. El Parlamento aragonés aprobó esta semana una nueva denominación de las lenguas que se hablan en su comunidad —para no reconocer que cien pueblos aragoneses hablan variedades del catalán occidental— lo que le parece un despropósito científico a los filólogos de la Universidad de Zaragoza y Griñán, el presidente andaluz, como Europa no bendice sus propuestas de ocupar viviendas propiedad de los bancos para dárselas a los desahuciados, concluye que «así, Europa no vale la pena». Francamente: merecemos políticos mejores y más comprometidos.