Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Tragedia de estío, un remolino en el río, resaca en la playa, un descuido, un alegre atrevimiento... y angelico de Dios que la muerte lleva.

Niño ahogado, maldito verano.

Días atrás, reincidía obsesiva la noticia: se ahogan niños en el mar, en el río, en la piscina... o en una pileta hinchable en el jardín de su casa... y ayer, en el Nalón... féretros blancos enlutan el verano apenas estrenado... y un sentimiento de culpa empieza a dar mordiscos en la cabeza de padres y parientes que se torturan haciendo cábalas de cómo pudo evitarse lo ya inevitable, así que ese niño ahogado será una fecha de piedra y un lugar maldito que hasta el final de sus días les vendrá a menudo al recuerdo sobresaltándoles el alma, estrujándoles la boca del estómago y, muchas veces, proporcionándoles munición envenenada para acusarse entre ellos hasta llegar a odiarse o sacarse el corazón (la muerte de un niño alienta divorcios y distancias).

Niño ahogado jamás se olvida.

El ahogamiento es muerte perra... y gata. Me aterraba de niño imaginar cómo sería la agonía de los cachorrillos de aquellas camadas que metían en un saco con un morillo dentro para tirarlas al río o a la presa deshaciéndose de ellas piadosamente . En fin, todos sabemos, más o menos, lo que puede ser ahogarse; hemos experimentado esa terrible sensación alguna vez en la vida, aunque haya sido en una palangana. Por eso nos espeluzna.

¿Recuerdas aquel guaje de El Cid , el más bruto y arrojado de la contrata, Jesús se llamaba?... ¡qué impresión nos produjo su ahogamiento en un pozaco de La Candamia!... se había grillado la clase y el maestro aprovechó la golfería de aquel chaval de Las Ventas para atizarnos una moraleja apocalíptica de gran púlpito... fue una muerte demasiado cercana que nos metió terror al río, es cierto, pero era junio y a los tres días se nos fue pasando, cambiamos de playa , volvimos al pozo del Burro en el Besnesga... y se nos curó el espanto... total, las bermejuelas que pescábamos en el Torío eran igual de ruines... pero si al volver a casa descubrían que habíamos ido al río, un guantazo al bies volvía a recordarnos que al río hay que tenerle un respeto religioso.

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