Diario de León
Publicado por
José Luis Gavilanes Laso escritor
León

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Dª María Dolores Otero ha vuelto a desenvainar su estoque y, con la destreza que le caracteriza, se ha liado a estocadas contra todo lo que se tuerza hacia la izquierda. Me recuerda a un capitán de la Policía Armada al que tanta aversión le causaba pronunciar la palabra «izquierda», que cuando en la instrucción había que girar hacia ese lado, mandaba: «¡Media vuelta…, ar!», seguido de «¡Deeerecha…, ar!», tras de lo cual colocaba a la formación en el lado izquierdo sin tener que pronunciar la odiosa palabra.

¿A qué se debe la fobia de doña María hacia los de la «cáscara amarga»? Pues, no es porque esta gente traicione los postulados de su ideología, sino, porque, al parecer, la izquierda no deja descansar en paz a Franco en su sagrado regazo del Valle por temor a que resucite. Y no sólo eso, también les denigra por ser gente perversa y bravucona que censura a los católicos haberle ayudado. Sin necesidad, digo yo, pues, por una gracia de Dios, Su Excelencia ya estaba en este mundo como redentor antes del otro como santo. Tendencia esta de la izquierda que en boca de doña María se muestra cada día más radical y trasnochada y, a falta de ideas, razones y propuestas, pretende con falacias y retorciendo la Historia hacerse un hueco en la Democracia y ganar aquella guerra que perdieron. Le ha faltado añadir a doña María: y por su codicia hacia la «pasta munífica» tan profusa y voraz como la del rico Epulón y sus secuaces capitalistas.

Uno se pregunta: ¿pero, vamos a ver, qué es en particular lo que le habrá hecho la chusma siniestra para resucitar vencedores y vencidos de la que algunos llaman cuarta Guerra Carlista? ¿Dónde habrá vivido de niña la infausta contienda que dice haber sufrido entre bombardeos, amenazas, denuncias, quema de iglesias y asesinatos de monjas, frailes y seminaristas? En el León del acogedor y confortable acuartelamiento de San Marcos, devenido luego en cementerio de presuntas vírgenes asturianas, no pudo ser. Porque en esta ciudad no hubo asesinatos ni de monjas ni de frailes, aunque sí, según le oí decir a mi padre, la inscripción en uno de los muros de San Isidoro: «¡Rojos, cafres asesinos de frailes y de monjas, al paredón!». A lo que un chusco sin identificar venido ¡sabe Dios de qué cogorza!, inscribió debajo: «Se hizo lo que se pudo, perdón». Tampoco hubo quema de iglesias, pero sí una enorme pira de libros arrojados al pie de la pulchra leonina desde los balcones del Ateneo Leonés, nido de masones y bolcheviques. Sabido es que, hablando de fuegos purificadores en la tremenda historia de las dos Españas enfrentadas con saña, mientras a los (h)unos les daba por quemar iglesias e imágenes de santos y santas; a los (p)otros les daba por incinerar literatura. Los primeros lo hacían por considerar que la religión era el opio del pueblo; los segundos porque la inteligencia era el enemigo de la patria y de la religión. ¡Muera la inteligencia!, vociferó el vencedor Millán Astray en el Palacio de Anaya de Salamanca ante los collares de Carmen Polo y las barbas del anciano a punto de ser, sino convencido, sí vencido por la muerte, Miguel de Unamuno.

Y quien esto escribe, simpatizante de la derrotada causa republicana y defensor de las causas perdidas, es hijo, sobrino y yerno de vencedores, y amigo y primo de simpatizantes de los mismos y, no obstante, les guardo el mismo afecto que ellos me tienen. Harto estoy de decir que me repugna tanto el salvaje linchamiento de Álvaro López Núñez y su hija Esther por los energúmenos rojos de la checa de la calle de Fomento de Madrid, junto a las tapias del cementerio de La Almudena, o del escritor Pedro Muñoz Seca, abuelo de Alfonso Ussía, en Paracuellos; como el de Joaquín Heredia Guerra, director de la Cruz Roja en León, o el del profesor y sacerdote Bernardo Blanco, tío de Ramón Carnicer, por los no menores salvajes energúmenos uniformados de azul endrino en alguna de las matas de Mansilla de las Mulas o el monte de Villadangos, respectivamente. Si el despectivo enjuiciamiento sobre la memoria histórica de la señora Otero y el cura de Burgo Ranero (casual pareado) es repulsa a que se esclarezca y dignifique el paradero de seres humanos que no unieron su brazo al de los insurgentes y por ello fueron asesinados, enterrados en una cuneta o fosa común, arrojados a un pozo, muertos «por parada cardiaca» en Puente Castro o por desnutrición en la cantera de Mauthausen y, durante lustros, sepultados por una losa aún más pesada de silencio, olvido y abandono; pues, entonces, ya no se trata de izquierdas ni derechas, sino de inquina frente a humanitarismo cristiano. Si honrar a unas víctimas profanas debe ser denostada por abrir heridas del pasado, lógicamente también debería serlo beatificar a eclesiásticos asesinados en territorio republicano.

En su artículo doña María tiende a orear sólo la ropa sucia de los Bonos, Blancos, Griñanes y faisanes, respecto a corrupciones, y a Fidel Castro en cuanto a dictaduras, la mayor de la época, según su certero ojo crítico. No exterioriza por centrifugar en propia casa a los Bárcenas, Camps, Gürtel y las armas de destrucción+iva, en el primero de los casos, y a Oliveira Salazar y su pide en el segundo, para no salir de la Península y completar así la colada. Ya sabemos que la ingente figura de Franco no está para esos trotes, sino para los altares. Pero no se aflijan ni desesperen, Dª María, cura del Burgo Ranero y Cia., todavía pueden pasear libremente su orgullo vencedor por estas calles nuestras aún no expurgadas, como Alférez Provisional, Capitán Cortés, Alcázar de Toledo o José María Fernández.

Pero una cosa son las ideas de aspiración a un más justo reparto de la riqueza, y el comportamiento reprobable de quienes dicen defenderlas. A no ser que doña María comparta el diván del psiquiatra nazi Antonio Vallejo-Nájera, para quien ser de izquierdas es ya de por sí una malformación genética, una tara mental; que en la vida hay que ir como Dios manda, derechos y uniformados.

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