Diario de León
Fernando Jáuregui

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Nada me fastidiaría más, querido lector, estimada lectora, que contribuir a amargarle el día con unas perspectivas catastrofistas sobre lo que va a ser 2014. Debo contarle a usted que las previsiones de algunos dirigentes sindicales cifran en otros doscientos mil los puestos de trabajo que se perderán este año; unos, como consecuencia de eres en grandes empresas —ahí están Renfe, Adif, Iberia, el sector naval y alguna del motor, como Peugeot-Citroen—; otros, los más, por la caída en picado que están experimentando tantas pequeñas y medianas empresas que no pueden acceder a la exportación ni a ayudas procedentes del exterior. Cierto que el surgimiento de planteles de emprendedores equilibra algo la balanza, pero no puede desconocerse que el empleo estable y fijo está siendo implacablemente sustituido por un trabajo autónomo mucho más precario y con un poder adquisitivo disminuido. Y, así, nos encontramos con un agravamiento del bache socioeconómico español.

Esta no es, claro, una radiografía de mi cosecha, sino una conclusión bastante unánime de una mayoría de consultores especializados independientes con los que he estado últimamente en contacto y de los que algunos publican sus dictámenes en los medios. Puede, así, que no hablemos mucho, en este 2014, de subidas de la prima de riesgo ni de batacazos en el Ibex. Pero me temo que sí se van a notar las tensiones sociales derivadas de que hay capas de la población, y no muy minoritarias por cierto, que, aún silenciosas hasta el momento, ya no pueden apretarse más el cinturón. Así, cuando el presidente europeo Van Rompuy dice que en 2014 las cosas van a ir mejor para países como España, tiene inmediatamente que agregar que la mejora macroeconómica no va a repercutir inmediatamente en el mapa del empleo. Que, añado yo, va a seguir dependiendo en buena parte de la creación de trabajadores autónomos y de la ilusión de los emprendedores por embarcarse en la aventura de crear, con todo lo que este cambio de signo implica.

Con estos datos y razonamientos en la mano, comprendo que el optimismo, al menos para muchos sectores de la ciudadanía, siga siendo un estado de espíritu inalcanzable. Resulta curioso un país en el que restaurantes, bares y hoteles están a tope en estas fiestas, conviviendo este panorama con la constatación de que, por ejemplo, en muchos hogares ya no se puede pagar el calor para combatir el invierno. Yo, la verdad, eché de menos un recuerdo para estos hogares en la despedida de curso de Rajoy. Ya sé que con ello no va a solucionar los problemas de al menos seis millones de españoles; pero sí pienso que hablar de un problema implica, al menos, tenerlo en mente, lo cual ya es un primer paso para caminar hacia una solución. Hay silencios que a veces me tientan a olvidar mi natural optimismo. Demasiados silencios, contrapuestos a demasiadas palabras vanas, nos acompañan en este 2014.

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