FUEGO AMIGO
Una vuelta por Benllera
El reportaje modélico de Emilio Gancedo con Esteban Álvarez Castañón, sobre el patrimonio artístico del linaje de Tusinos, me refresca los vínculos con Benllera, de donde eran tres de mis cuatro abuelos. Así que puedo presumir de garrucho como el que más. Benllera se extiende a lo largo del camino de Carrocera a la Ribera, dejando libre para las huertas el lecho del valle, que refresca un arroyo surtido con las escorrentías del Cillerón y de los Llamargos. En la solana del valle quedaban las viñas, que se fueron dejando perder. La iglesia y la casona nobiliaria presiden la plaza, de la que parte el barrio de las Pedrosas, con su frescor estival y sus frutales de otoño. Detrás del templo asoma el portón del zaguán, un recinto blasonado. La iglesia conserva la capilla señorial, con un sepulcro gótico que rematan dos estatuas yacentes. De Benllera y de sus fiestas de San Roque guardo el sabor inolvidable de las morcillas de verano, hechas con sangre de oveja.
Luis Mateo Díez recreó en sus primeras novelas las postrimerías de los Tusinos, un linaje vinculado al origen legendario de la Reconquista. Su última descendiente vivió hasta 1951 en la casona de la plaza, después de haber sido alcaldesa de Carrocera antes de la guerra civil. Se llamaba Manuela Álvarez de Miranda y Cuenllas y sus posesiones se extendían desde la playa del Sardinero hasta el Real Sitio de El Abrojo, junto al Duero. Apócrifo del clavel y la espina y Blasón de muérdago muestran la historia y el epitafio de aquel linaje valleinclanesco, que el novelista bautizó como los Alcidia. Luego, añadió el apéndice esperpéntico de su relato El viaje de doña Saturnina, que refleja el extravío de una de sus usufructuarias.
Doña Manuela murió soltera porque Fernando Merino, que la pretendía, no consiguió que el trazado de la carretera de la Ribera esquivara su pradón de la Barca. Lo mandó a paseo y a casarse con la hija de Sagasta, que lo hizo conde. Pero acabó arruinado y con un tiro en la cabeza. Más allá de la literatura, el patrimonio artístico del linaje se esfumó en el trasiego de una liquidación que no perdonó piezas religiosas ni adornos nobiliarios. Desde un Cristo de la escuela de Miguel Ángel, al codiciado reloj número nueve de Losada en oro, todo lo arrumbó el turbión de la almoneda. El reportaje de Emilio Gancedo nos muestra algunos restos de aquel tesoro. Antes de morir, la Señorita de Benllera rechazó el acercamiento de su pariente saldañés Álvarez de Miranda, que pretendía el legado familiar. Su hijo, ya nonagenario, fue presidente del Congreso en los setenta y Defensor del Pueblo en los noventa. Siendo Benllera cuna de ilustres agustinos, legó la herencia a los capuchinos, dejando como usufructuarias a sus criadas.