Diario de León
Publicado por
césar gavela
León

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Tal vez los ríos sean la mayor riqueza de la provincia. No solo física o económica, sino también como camino hacia la felicidad. Ríos que demarcan sus dos sistemas montañosos: la cordillera Cantábrica y los Montes de León. Unas cumbres y otras fecundan cursos de agua y a la vez tejen historia, emoción y vida. León es, probablemente, la tierra más fluvial de Iberia.

En estos días pasados algunos ríos han causado inundaciones, disgustos y destrozos. Hasta el aristocrático Bernesga ha perdido los papeles y ha provocado el caos en sus riberas urbanas. Esa novedad es un acicate para echar una mirada a los ríos leoneses. A su personalidad, que es diversa; a su belleza y su aura literaria.

Nuestros ríos se llevan bien con la melancolía, pero aún mejor con el gozo. Con la alegría de poder ir a tantos lugares donde encontrar el agua fresca, una orilla verde y acogedora y también la soledad. En esos santuarios naturales sucede el sonido de las aguas, que muy posiblemente es el más hermoso rumor de la naturaleza. Sonido que se hermana con nosotros. Con la memoria, sin duda, pero sobre todo con ese presente sencillo y profundo que la cercanía del agua de un río produce. Plenitud que aviva la palabra interior. Que da sosiego y da luz.

Dos grandes escenarios fluviales tiene León: de un lado el Esla, el gran curso asturleonés que lleva al Duero buena parte del oro líquido de las montañas del norte y el este de la provincia; y del otro el Sil, río que propicia ese otro León que se llama Bierzo. Porque la provincia es, a grandes rasgos, dos países de valles: los del Esla y los del Sil. Unidos en las laderas solitarias de los Montes de León.

En estos dos ríos principales viven otros. Y es en ellos, en los breves, donde acaso late el encanto más propio de nuestras aguas, el más sugeridor. Si pensamos en los que van al Esla, hay que resaltar al Curueño, que fue convertido en literatura en las páginas de El río del olvido , el bello libro de viajes de Julio Llamazares. Más abajo, también yendo al Esla sus aguas, pero nacidas al pie del arcano Tambarón, está el Omaña, cauce que recorre uno de los territorios sagrados de nuestra geografía. Luego, más al sur, en Las Chanas, surge el Duerna, que en su tramo primero solo conoce la fascinación y la soledad. El Omaña y el Duerna son ríos que van del poniente al naciente y lo hacen por tierras muy poco pobladas, pero muy ricas en cuentos y árboles.

En cuanto a la cuenca del Sil hay varios afluentes poéticos. El Burbia se honra en Villafranca, el Boeza acuna al alto Bierzo. Y el Cúa conoce las piedras de Bérgidum, corazón romano de la comarca. Pero tal vez el más encantador sea el pequeño Oza, el que viene del mundo altomedieval de Peñalba y San Pedro de Montes. León es una enciclopedia de mujeres, hombres y ríos. Ahí está lo vivo, lo permanente, lo que siempre nos espera.

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