Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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No vamos a descubrir ahora que hay gente más o menos burra, más o menos insensible, y con mayor o menor sentido de la oportunidad. Y que ante cualquier acontecimiento, incluso ante los más dramáticos, el ingenio se derrocha con más torpeza que tino. Torpeza que tiene en los últimos años su particular altavoz en las redes sociales y demás fórmulas de comunicarse de forma masiva y gratuita. Las burradas, pues, se amplifican a la velocidad de la luz. Igual que lo hacen, por cierto, las campañas de apoyo o los mensajes de sensibilización de otros miles de asuntos cada día.

Las redes sociales son hoy la barra del bar, donde todos nos acodamos para comentar con mejor o peor fortuna cuanto acontece. Como en la cola del supermercado, se oye de todo. Pero no todo es delito ni perseguible, por más atroz o despiadado que se nos antoje. La ley delimita perfectamente cuáles son los límites a la libertad de expresión, qué es ofensa o apología. ¿A qué este empeño en intentar poner puertas al campo de la charleta de la sociedad, subido cada uno al pedestal de su orgullo o su dolor?

Los twits sobre Isabel Carrasco no han sido los primeros en atacar con ferocidad el honor o la memoria de alguien. Pero han desatado la siempre latente tentación de controlar lo que se dice, que es la forma tonta y dictadora de intentar acotar lo que se piensa. El ejemplo ha cundido rápido: un grupo de aficionados taurinos se ha soliviantado ante los no menos crueles comentarios tras la gravísima cogida de David Mora y las de sus compañeros en Las Ventas. Y así las exigencias de justicia verbal ante lo que se critica con saña en las redes se extenderán exponencialmente.

¿Qué será lo siguiente si se cede a la tentación de consentir sólo lo que algunos consideran políticamente correcto? Puestos a defender dignidades, prohibamos los chistes sobre cojos, tartamudos o maricas. Más allá: prohibamos los de Lepe, que los leperos también tendrán su corazoncito.

Tengo la convicción de que demasiado a menudo el pecado está más en el ojo del que mira que en los actos del que ejecuta. Igual que estoy convencida de que no hay que permitirlo todo. Pero los límites no pueden establecerse a la medida de cada caso. Insisto: para eso hay leyes y poderes que las imponen. Y, sobre todo en cuestión de libertades, no me parece que revolverse en caliente sea lo más adecuado. Mesura por parte de todos es la mejor receta ahora.

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