La opinión del lector
A un (presunto) católico de Trobajo del Cerecedo
El sábado pasado aparecía en este mismo espacio del Diario una (presunta) carta al obispo de León. Me costó entender el título y el entramado de la misma, no sé si por exceso de ciencia o abundancia de falta de la misma, ya que no se dirige al obispo sino que hace unas reflexiones sobre lo sucedido este año en la procesión del Corpus Christi en la ciudad de León. Contesto por alusiones ya que el autor (Emilio Pedregal Cifuentes) afirma ser católico de la Iglesia militante (no confundir con católico militante de la Iglesia) y al que, a pesar de ser el párroco de Trobajo no tengo el gusto de conocer, seguramente porque vive hondamente su fe fuera de nuestra comunidad parroquial.
Entrando ya a la carta, pone verde al obispo por una supuesta premeditada decisión, madurada y concebida allá por el lejano año 2002, que es la prohibición de la presencia de imágenes en dicha procesión del Corpus, y eso, al parecer, va contra la fe y las buenas costumbres. Por eso yo me preguntaba: ¿de qué fe? De la respuesta libre del hombre a la revelación de Dios, que eso es la fe, o el sentimentalismo apegado a ciertas costumbres que siempre conviene revisar por aquello de Ecclesia Semper reformanda. Por otro lado, si la Eucaristía es, tal y como mi (presunto) feligrés, parafraseando al Vaticano II y al Catecismo de la Iglesia Católica, el centro de la vida cristiana, ¿necesita de adornos externos para ser debidamente adorada y festejada? ¿No basta el Santísimo Sacramento por sí mismo? ¿Dios necesita de los santos para mostrar su gloria y su amor al hombre? Me temo que no. Además el obispo ha creído conveniente suprimir una tradición, no ha prohibido, al menos que yo sepa, la participación en la misma, sino más bien todo lo contrario. El que no ha ido, no ha sido por prohibición del obispo sino por reducir su fe y su amor a la Iglesia a una imagen o tradición concreta o a más de una. Además hablando de tradiciones, hay otras muchas que incluso están recogidas en los mandamientos de la Iglesia, tales como celebrar la Eucaristía los domingos y fiestas de guardar, confesarse al menos una vez al año, etcétera, de las que suelen pasar olímpicamente quienes invocan el mantener las buenas costumbres, tachando a las denostadas como cosas de otros tiempos. Pues bien, si unas se pueden eliminar o despreciar a gusto del consumidor, ¿por qué otras no se pueden suprimir? Y no entro en la cuestión de lo acertado o no de la decisión episcopal, sino en la pobreza y debilidad de los argumentos de este (presunto) feligrés de esta parroquia.
Continúa la carta con afirmaciones teológicas más que discutibles por erróneas y vienen luego una serie de citas bíblicas amontonadas y, a mi pobre entender, sin acierto ni concierto para probar no sé qué; confío que este (presunto feligrés) se pase un día por la parroquia y me las explique. Termina la cosa con un texto en latín, la parte central de la plegaria de la ordenación del obispo, que cita en su original, imagino en honor del mucho latín que saben todos los lectores de este Diario, pero que suscribo plenamente y, aunque no sea necesario me permito traducir: «infunde ahora sobre tu elegido la fuerza que de ti procede: el espíritu principal (de gobierno) que diste a tu amado hijo Jesucristo, y Él, a su vez, comunicó a los santos apóstoles, quienes establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada lugar, para gloria y alabanza incesante de tu nombre». No sé qué pinta el texto en el contexto, pero sí que deja una cosa clara y palmaria: el sucesor de los apóstoles en León, el que nos entronca con la Iglesia que hunde sus raíces en la predicación apostólica y al que le toca empuñar el timón de esta venerable Diócesis del antiguo Reino de León, con las virtudes y debilidades de todo hijo de Dios, es Julián López Martín (al que Dios sin duda pedirá cuentas de la labor realizada) y no ese (presunto) feligrés de Trobajo del Cerecedo y al que me atrevo a pedir adquiera también la humildad que exige al obispo.