Diario de León
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Emilio Geijo. león
León

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José María, útil

a la humanidad

La muerte del profesor de Matemáticas José María Pérez-Gómez de Tejada reaviva su «querida» presencia, la presencia de un ser que vivió derramando aquello que todos deseamos ver, con nuestra mejor estima, en toda actividad pública: honestidad y competencia.

Catedrático de Matemáticas en el Instituto Padre Isla desde 1959 hasta 1995 y en la Escuela de Magisterio, fue el profesional que cualquier padre o madre desearía como instructor y educador de sus hijos. En la difícil asignatura que impartía desplegaba claridad, rigor y una capacidad didáctica que cimentaron la preparación imprescindible de centenares de ingenieros, físicos y arquitectos. Con sus dotes como profesor y la anchura de su capacidad de trabajo elaboró la serie completa de los libros de texto del Bachillerato. ¿Recuerdan? Aquel Bachillerato de seis años más el Preu. Una serie organizada y graduada metódicamente… para aprender Matemáticas.

Otro de sus legados científicos es la Astronomía. Cualquier viandante en el Paseo de Papalaguinda podrá observar, a la altura del Instituto, la cúpula del telescopio que José María consiguió del Ministerio de Educación en 1968. Durante muchos años, fue el telescopio más avanzado de la Comunidad de Castilla y León y en él se realizaron numerosas «observaciones» públicas, abiertas a la ciudad.

A través de este telescopio, mucha gente verificó los anillos de Saturno, se informó sobre las manchas solares y pudo dejar escapar su imaginación contemplando el «Mar de la Tranquilidad» de nuestra persistente Luna. Él, con la Asociación Leonesa de Astronomía, organizó el Congreso de Astronomía en León en 1998 con la presencia del astronauta Pedro Duque.

Ante quienes fuimos sus compañeros, José María fue un modelo profesional, una imagen especular para quien quisiera ser un buen profesor. «Profesional» era su voz preferida cuando se hablaba de nuestro oficio pues no le gustaba «vocacional», esa etiqueta con la que a veces se apela a inexplicables, recónditas y personalísimas motivaciones para el ejercicio de maestro o de médico: ese magma psíquico del que, se dice, emerge el buen o mal profesor o galeno. Él asumía la docencia ante los alumnos más dispares como un deber moral cuyo imperativo último era muy sencillo: Mi deber es la voluntad de la sociedad de que estos alumnos aprendan.

Los últimos años de su docencia no fueron fáciles pues José María, el profesor que había formado a técnicos superiores en ejercicio y autor de libros de texto, se encontró, después de decenios años enseñando Matemáticas, una ola pedagógica del Ministerio de Educación que le instaba a «formarse como profesor». Aquella catarata pedagogista obligó a todos a separar el trigo de la paja y José María, con la sencillez de los inteligentes, jamás dio lecciones a nadie pero él continuó siendo una lección viviente. Quienes tuvimos la suerte de estar a su lado pudimos aprender de su entereza las claves del buen ejercicio del puesto público de profesor con mayor aprovechamiento que con las innumerables circulares de los habitantes del Ministerio de Educación.

Además, era humilde. En muy pocas ocasiones le vimos enfadado y cuando así fue, la razón era de legítimo orgullo intelectual. Este invierno pasado vino a la Fundación Sierra Pambley a escuchar una charla sobre Diderot y su Enciclopedia. Estaba débil y oía con dificultad. El conferenciante no pudo evitar mirarle fijamente al citar unas palabras del enciclopedista dirigidas a Voltaire, el gran rector intelectual de Francia, tan celoso de su reputación: «Se acerca un tiempo en que todas las cenizas estarán mezcladas. Así que, ¿Qué importará haber sido Voltaire o Diderot? Es necesario trabajar, es necesario ser útil, ser útil a los hombres».

Tú, José María, has sido útil a los hombres y has merecido que la tierra sobre tu cuerpo te sea ligera.

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