A LA ÚLTIMA
Estado de alerta
Estábamos prevenidos casi todos, incluso los menos previsores del porvenir. Sabemos que el futuro está en las rodillas de los dioses y que los dioses tienen graves lesiones de menisco y no pueden dar un paso a nuestro favor, pero hay que agradecerle a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo en Europa (Ocde) que nos avise de lo que se nos viene encima, aunque hace tiempo que lo llevamos a cuestas.
Lo que nos anuncia es que las reducciones salariales que se están registrando en España con tanta intensidad dañarán cada vez más a la economía. Dicho de otra manera: si nadie tiene un euro no puede gastarlo, aunque sea muy manirroto o algo insensato.
Yo que soy las dos cosas, desde hace bastante tiempo, he acabado por comprenderlo, aunque no acabe de entender cuando empieza la deflación y se prolonga la ruina.
El cálculo de los salarios siempre ha consistido en que —quienes lo tienen— ganen lo suficiente para que no les convenga llegar a abandonar sus empleos. Se trata de un equilibrio de gran sutileza.
Si se les paga menos a los que trabajan pueden desfallecer, que es lo normal, o simplemente fallecer. Por lo tanto, hay que recompensarles con el dinero suficiente para que no opten por una cosa ni por otra.
En España hay mucha gente en estos momentos y también desde siempre que en realidad trabaja por muy poco dinero. Son los privilegiados, ya que a los mileuristas los han sucedido los setecientos euristas.
Sin contar a los otros dos grandes grupos formados por los que buscan trabajo y los que ya se han aburrido de buscarlo.
Somos un país de grandes contrastes, según los folletos turísticos, pero esa particularidad es tan común que la tienen todas las naciones.
Nos distraen los ricos oficiales que todavía en septiembre insisten en batir su plusmarca de frivolidad. Con su incansable aportación y con la estafa del Molt Miserable nos vamos entreteniendo hasta que empiece de verdad la nueva temporada. Va a ser espectacular.
El británico Cameron ha ofrecido al estadounidense Obama su aviación para aniquilar a los yihadistas del Isis. ¡Qué curiosa palabra! «Aniquilar» era el vocablo favorito de Hitler, que no hablaba nunca de matar.