CUERPO A TIERRA
Gusaneando
Gusanos hasta en la sopa. El marciano que lo leyó, recién aterrizado en el planeta diario, en mitad de un jet lag interestelar, no daba crédito a sus ojos. Hubiese jurado que su cerebro relacionaba gusanos y comida para niños. Sacudiéndose la cabeza de un lado a otro, como en una negación que significaría algo así como que la gente de la tierra estaba loca, recordó aquella vieja enseñanza de la escuela marciana: sin contexto, nada de cuanto se lee adquiere un sentido pleno. Trataba de dárselo, pero su fatigada inteligencia iba picando noticias de aquí y allá que, sinceramente, a él le parecían mucho más razonables.
Supuso que aquel titular debía de referirse al ascenso y caída en menos de veinticuatro horas de cierto político por la presunta ignorancia curricular de un líder regional que en cualquier república de su galaxia habría sido inhabilitado por algo así a perpetuidad, si no exiliado a una enana tan blanca como su camisa. Luego pensó que quizá el epígrafe en realidad se refería a cierto abuso suntuario de unas tarjetas de crédito por parte de los bancarios de aquel país en crisis, en el que, mientras se aplicaban desahucios y se trataba de alimentar a millones de seres caídos en desgracia, una parte de la clase dirigente se entregaba a un dispendio egoísta y sin conciencia, incompatible con la idea que él se había hecho del concepto “humanidad” allí en su aldea ahora lejana. Sin duda, “gusanos” era un insulto y se refería a esos sujetos.
Pero pronto tuvo que volver a la primera idea. La de gusanos en la comida de las escuelas. Acababa de ver que justo en aquel mismo lugar, un Colegio de Médicos elevaba su queja porque acababan de nombrar a una veterinaria como gerente sanitaria de Atención Primaria. Quizá porque confundió el grado con la urgencia, incluso esbozó una sonrisa: era lo primero que le parecía lógico en su lectura: una veterinaria se ocuparía de la salud de los gusanos. Terminó de convencerle, pese a su embotamiento, otra página del periódico: los padres de los niños tenían que manifestarse para pedir dimisiones y que se alejara de la boca de sus hijos a los responsables de aquel potaje insalubre, que ellos catalogaban de potable, seguramente en su acepción alcohólica. Aquella reivindicación fue definitiva para que afirmara que aquel trozo de tierra en el que había aterrizado era completamente surreal, y todavía faltaba lo mejor.