EL RINCÓN
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Todo es cuestión de desconfianza porque lo que se ha derrumbado es la creencia en la honradez. Crecen los pactos, pero los que están de acuerdo son los mismos que mantienen sus discrepancias. No se fían de la virginal democracia ni en el pacto, ni antes del pacto, ni después del pacto. El último por ahora es el que ha ofrecido el PSC al señor Mas, en su incontenible descenso hacia la común catástrofe. Que nadie se pregunte a dónde va España si no quiere recibir una respuesta maloliente.
Se multiplican los jueces en la misma medida que se aplazan los juicios. Hay 32 detenidos en una operación contra los corruptos menos conocidos en siete comunidades, mientras la Guardia Civil desactiva el entramado criminal del ‘caso Madeja’. El ovillo cambia de manos, pero todos tiran del mismo hilo. Hay que vacunar a la juez Alaya, un día que suelte su carrito, para inmunizarla; las mordidas son contagiosas y el brazo de la ley no es inmune a la propagación. ¿Dónde poner los ojos que no sea imagen de la muerte cívica de la ilusión de todo un pueblo multiengañado por sus líderes? Nos estamos quedando con la quinta parte de la mitad. Lo más alarmante es la subida del descontento, mientras baja el precio del petróleo. Da la impresión de que la península ibérica se convierte en una ínsula rodeada de mangantes por todas partes. Lo contrario al sueño de Saramago, que creía en las balsas flotantes más que en las bolsas y en los rescates bancarios.
Los que estamos jugando la prórroga de este partido de final previsto por el presunto árbitro sólo creemos ya en los jueces de línea. Hemos pisado la raya, que es como el horizonte enrollado del campo de juego y la cancha está embarrada, que decía Di Stéfano. Chapoteamos en el gran charco de la corrupción generalizada y a los únicos que no les importa salpicarse son los que se pusieron las botas. Si les ofrecen ir a la cárcel, la rechazarán cortésmente.