MARINERODE RÍO
Hiper... documentados
H ay un ritual delicioso en estas tardes de lumbre prendida y chopos ateridos por el frío. Ahora que apenas hay labor y casi nadie tiene que sacar la hierba de las vacas con el garabito ni aprovechar el tiempo yerto para entarucar unas madreñas, y casi ni picar palos si tiras de gasoil (aunque cuidado con el precio) o de leña a la demanda, pues se imponen otros pasatiempos entre los que se cuentan la baraja con doméstica apuesta de céntimos o garbanzos, el deguste de manzanas asadas en la bilbaína con el azúcar todo acaramelado (¡esa dorada capa de abajo, lista para ser rebañada!) y, cómo no, la entrañable caja de las fotos.
Suele ser una caja metálica, de labor costurera o de galletas antiguas, que contiene los mil y un asombros. Un arca de la alianza familiar a la que se asoma el güelo, de joven, cuando la guerra de África, y la güela sosteniendo en brazos a un bebé que, para sorpresa total, resulta ser una de tus tías setentonas, y aquel perrín de caza tan pispo, y un cumpleaños tuyo celebrado en el corral, con el pelo cortado a bacinilla. Son extraordinarias, y son inmensamente evocadoras, y tienen una pulsión casi mágica... porque son pocas.
El asunto se parece a las cartas, a aquella correspondencia hecha a base de inestables renglones, parcas en detalles, fechadas en lugares tan exóticos como Irún, Albacete o Maastricht, manojo de noticias de familia emigrada o en milis o en seminarios, o y por eso mismo plenas de un sentido alojado, precisamente, en los silencios y en las ausencias.
De ahí que el contraste con la hiperdocumentación actual sea mayúsculo. Acarreamos toneladas de imágenes en dispositivos portátiles, discos duros o blandos y nubes misteriosas (¿se han dado cuenta de que antes había que barrer y poner orden sólo en el mundo físico y ahora hay que perder horas también en el digital?) pero apenas las miramos, lo mismo que los móviles con whatsapp no dejan de piar aunque en el 80 por ciento de los casos haya que leer ‘jejeje’.
El caso es que lo poco agrada y lo mucho cansa y, oh, paradoja, que ni todos los gigas del mundo se acercan a la capacidad... de una simple caja de galletas.