Diario de León
Publicado por
miguel á. varela
León

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H ay ciudades que solo hablan del futuro y otras que tienen todo su pasado por delante. Existen ciudades para la fiesta, para la melancolía y para la lágrima. Unas tienen ritmo de bolero, en otras brota del asfalto una escala humeante de saxo tenor y en algunas se filtran rumores de lejanos cantares de ciego. Hay ciudades que solo las ponen cuando pasa el tren, para llenar el decorado que vemos desde la ventana. Otras te las encuentras allá donde vayas, aunque nos las busques. Y están las que aparecen exclusivamente en los mapas sin fronteras de la imaginación. Y ciudades que, simplemente, no existen. Las ciudades que no existen son las mejores para que ocurran cosas ideales.

Villafranca del Bierzo, por ejemplo, no deja de ser más que un invento de poetas pálidos que visten levita negra y que, al caminar, dejan todo perdido de versos. El lugar es una acotación de Valle-Inclán: preciso y sublime, pero imposible. Han intentado fotografiarlo, pero en el papel solo sale, virado a sepia, el aire que sostiene las piedras. Escribir lo han escrito, pero nadie ha podido describirlo. Con permiso de todos los villafranquinos del interior que creen vivir en ella y de todos los del exterior que la añoran, la cantan y la recuerdan, Villafranca del Bierzo, ya está dicho, no existe. Y por eso es el lugar donde suceden cosas improbables, como Cinefranca.

El evento que tendrá lugar este fin de semana tiene todo el aspecto de coincidencia feliz, de pasión cómplice ahora compartida con una minoría dichosa dispuesta a paladear en compañía un menú cinematográfico que huele al puchero que hacían las madres en aquellas cocinas de carbón. En la mañana del sábado van a tomar manhattan y cóctel de champán con Tony Curtis y Jack Lemmon, vestidos con la ropa interior de Marilyn Monroe. Por la tarde picotearán con Chaplin antes de que El Nota les enseñe un par de trucos para hacer strike . Y el domingo, a la hora de misa, se sentarán a comulgar con el wéstern más conmovedor de la historia del cine, en el que Peckinpah redime a una pandilla de miserables forajidos en una coreográfica e interminable matanza.

Pero el gran momento es esta noche. Después de la proyección de ese surrealista monumento a la coherencia hispánica que es Amanece que no es poco , se anuncia una sugerente tertulia ante la chimenea con su director, José Luis Cuerda, y copas de balón. No sabemos si Cuerda es consciente de que va a visitar una ciudad que tiene verdadera devoción por Faulkner, en la que todos son contingentes y ni siquiera la primera autoridad es necesaria. Pero tomar con él una copa mientras se echa una parrafada sobre Dostoievski, es un placer que solo puede suceder en las ciudades que no existen.

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