AL TRASLUZ
Ay, AIC, ay
E l columnista que escribe una ciudad pequeña no opina sobre entes abstractos, sino sobre personas concretas, que te sonríen o te fusilan con la mirada cuando coincides con ellas. En León, uno se cruza a diario con aquellos sobre quienes ha opinado, sean políticos, poetas o luchadores de sumo. No escribes sobre sombras platónicas. Pero personalmente nunca lo he percibido como cortapisa, sino como acicate para la ecuanimidad, que nada tiene que ver con nadar y guardar la ropa. Meterse desde aquí con Merkel carece de mérito, es improbable que coincidas con ella en Patatas Blas, ni siquiera en el entierro de Genarín, que vienen muchos extranjeros. En provincias, los aludidos llevan las columnas tatuadas, para agradecértelas o para maldecírtelas. ¿Qué opino de que el imputado Marcos Martínez para recuperar la alcaldía haya fundado AIC? Pues esto: Ay. Y no solo porque las siglas de su Asociación Independiente de Cuadros suenen a pena, penita, pena. No tengo la menor duda de que muchos de sus vecinos le votarán, pese a las graves acusaciones a las que ha de enfrentarse en los tribunales y de las que se declara inocente. Es cierto, que las encuestas vaticinan buenos resultados a los llamados partidos emergentes, pero a mí esto suyo me suena más a otra clase de emergencia, la de la política como extintor de los incendios personales. Pues eso: ay. ¿Que me sabe a Calisay? Este columnista no bebe.
La honradez es una obligación, forma parte del puñado de requisitos mínimos para convivir; la conducta la crea cada persona. Emilio Gutiérrez y Antonio Silván han estado asistiendo a varios de los mismos actos, y lo han hecho sin transmitir tensión, posando amigablemente juntos en las fotografías. Están dando ejemplo de sutil generosidad, que no es achacable sólo a la disciplina de partido. Es conducta. Y otros tiempos, claro.
No he vuelto a coincidir con MArcos Martínez Barazón desde que se reincorporo a la Diputación. La columna en la que propuse que le pusieran fácil, en términos humanos, su difícil regreso tras haber estado en la cárcel me fue de las más difíciles de escribir. Desde luego, no podía imaginar entonces, quizá ni él mismo, que iba a crear sus propias siglas. Pues lo dicho: Ay, AIC, ay.