Diario de León
Publicado por
Pedro Rabanillo Martín
León

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E mpiezo por confesar que no pertenezco a rama alguna que signifique traicionar la lealtad a mis irrenunciables principios. Simplemente me inspiro en lo que me dicta la imaginación para detectar la intencionalidad de los demás individuos en cada situación, aún a riesgo de equivocarme.

No soy dado a aguantar actos políticos largos y pesados, y más aún cuando el «carrusel» de formaciones políticas, o partidos —como mejor cuadre la definición— de importancia testimonial, acuden al «festejo» (en argot mejicano significa repartir «estopa» a diestro y siniestro), sin más criterio que defender el cargo que les ha colocado en el anaquel de los vividores o «tretas» de Administración)

En las semanas pasadas se celebró en el Congreso de los Diputados, lo que pomposamente se llama el Estado de la Nación, en el que el Gobierno de turno, en la persona del presidente, está obligado a pasar revista al pasado año legislativo. Aguanté el tipo y me tragué la larga exposición del presidente y demás intervinientes en sus turnos de comparecencia y la segunda sesión del día siguiente.

En cuanto al trámite del presidente, me pareció correcta la explicación y forma de comportarse en todo momento debido a la preparación y solvencia con que desarrolló los temas de la larga lista de asuntos, que como principal valedor está obligado a exponer con fidedigna claridad. Su mayor empeño lo mantuvo en priorizar la devolución al Estado del Bienestar a aquellos ciudadanos que más caro han pagado la crisis: parados y colectivos más desfavorecidos, dado el cambio de tendencia de evolución favorable.

Llegó el turno del jefe del principal partido de la oposición. El comienzo fue discreto. Su papel normalmente consiste en desmontar y sacar «virutas» de la exposición del presidente, asomando un tono desafiante al bagaje que aporta el Gobierno, que podemos considerar normal en este tipo de acontecimientos.

Fue en el turno de réplica donde el oponente, hay que decirlo con la verdad por delante, perdió los «papeles», con claras faltas de respeto y educación. Tampoco la contestación del presidente fue mesurada, pero hasta cierto punto justificada, dado el desproporcionado desafío verbal de su opositor. Lo más ofensivo en boca del presidente fue: «no vuelva más por aquí; es usted patético». Ante el slogan presidencial se originó una polvareda de tal dimensión, que incluso se llegó a pedir la descalificación ética del presidente. ¿Se han parado a pensar el «rosario» de barbaridades que el oponente profirió hasta sacar de sus «casillas» al presidente, a pesar de su reposado temperamento? (Según el diccionario de la Lengua, el significado de la palabra «patético» más que un tono insultante encierra cierto aire de conmiseración hacia la persona a quien va dirigido).

Pasó el turno al tercer partido en «discordia». Desde el principio el abanico de improperios hacia el presidente fue de «Juzgado de Guardia». Así lo dejó patente el principal «valedor». No merece mayor consideración. Del resto de los «clanes», ni un segundo en diagnosticar su pobre cometido. Todos los oradores estaban cortados por el mismo patrón, a falta de argumentos e ideas, la descalificación y los insultos salían a raudales de sus repugnantes lenguajes. La triste y pobre pedagogía impartida, dejó demostrado que vale más un bipartidismo mediocre que la proliferación de vividores por cuenta ajena.

No «podemos» pasar por alto lo que en la calle se cuece en estos momentos como fenómeno de «masas»: una organización populista-antisistema, que trata de enarbolar su «democracia», surgida de unos principios de los más bajos instintos que puedan soportar los normales seres humanos. Cuesta pensar que haya padres y abuelos, con trabajo y pensión asegurados, capaz de abrazar la «religión» que imparten estos «mesías» para dejar a sus descendientes unas herencias ruinosas en lo económico y perniciosas en lo moral y en la pacífica convivencia. Los países por donde han paseado sus «exuberantes» consejos, viven bajo el caos más aterrador y en la casi inmunda indigencia.

Una vez más lamentamos el injusto servicio que medios de comunicación, en versión radiofónica y televisiva, vienen prestando a la ciudadanía, que creen en sus noticias y opiniones, —tertulianos incluidos— como dogmas de fe. El incesante ajetreo con que premian a esos embaucadores con apariciones inacabadas e invitaciones pagadas, socavando el estado anímico donde la ignorancia hace presa con más virulenta patología. Si, como se demuestra que hay medios y «profesionales» que viven bajo el impulso del rencor, con ánimo de involucrar el sistema, sin sopesar sus gravísimas consecuencias, sería bueno someterles a una severa y urgente desintoxicación, haciéndolo extensivo a las víctimas que ya han tragado el «anzuelo» de sus infaustas campañas de propaganda.

Señor Rajoy, si la paciencia es un don que le caracteriza, que significa capacidad de soportar y padecer algo sin alterarse, no la pierda en lo sucesivo. Siga por el camino de la templaza desarrollando el acertado programa que ha comenzado en solitario, que tanto necesita este desagradecido país. Somos más los que vivimos con la esperanza de salir adelante, a pesar de los miserables que atenazados por una odiosa insidia, apuestan más porque España se hunda, regocijándose en el baldón, que por salir airosos de esta tediosa situación. Los buenos datos que se van sucediendo, comienzan a mudar el ánimo de quienes han dudado que pudiera producirse el cambio. El arreglo de la situación está más cerca cada día.

Para terminar, manifestar que no pertenezco a «clan» ideológico alguno. Simplemente me baso en analizar lo que la razón en su genuina facultad de discurrir aclara, y lo que lo irracional en su aberrante deambular ensucia.

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