Diario de León
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antonio manilla
León

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L lega la Feria del Libro y el saco de las lecturas ya rebosa de libros clausurados. Libros que quizá no se han de volver a abrir porque la vida es corta y el arte, largo, que decía Hipócrates, aunque fuera con otro sentido. Han sido útiles o placenteros, cumpliendo en primer lugar con su esencial cometido, que no es otro que proporcionar alivio a la vida, y luego tal vez con el secundario lema horaciano de «deleitar enseñando».

El curso ha sido pródigo y al firmante le ha deparado algún deslumbramiento, como el del sutil autor francés Christian Bobin, así como obras que están entre las suyas mejores de escritores cercanos como Luis Miguel Rabanal, Pablo Andrés Escapa, Ángel Fierro, José Vicente Pascual, Antonio Colinas, Andrés Trapiello o Julio Llamazares. Libros vivos, que es algo más que novedosos, ya que hay libros nuevos que parecen viejos porque sus autores han conquistado un estilo que ya es demasiado propio, casi una «maniera», ya no suponen esa sorpresa que es saborear una voz antes nunca oída. Porque los libros, aunque parezcan hacerse con palabras, en realidad se hacen con voces. Al menos aquellos que valen: los que pueden cambiar nuestra concepción del mundo o, al menos, el estribillo interior que repetimos inconscientes en nuestra existencia cotidiana. Libros que se aparean con nuestra habla o con nuestra plantilla de pensamiento, dando lugar a una mutación que puede parecer imperceptible pero es muy cierta.

De entre ellos, me gustaría destacar dos voces que para uno resultaron gratas, aunque a la del poeta José Luis Parra llegara tarde, dos años después de publicado el volumen y cuando —demérito del lector inatento—, por decirlo con sus palabras, es «ya extranjero en las dos orillas». Cimas y abismos, la antología de Renacimiento que ha realizado Antonio Cabrera, nos presenta un poeta descarnado y lúcido, a la vez que sereno, en el que «la alegría y la desesperación son ya casi lo mismo». Un escritor imprescindible, injustamente desconocido, de una potencia poemática como hay pocas.

Autor de estricto estreno, el fiscal leonés Avelino Fierro ha visto como Eolas editaba su dietario Una habitación en Europa. La amistad con él puede coartar el elogio pero no obnubila el juicio: lector impenitente y perceptivo, Fierro ha resultado ser un fino estilista en el que el poso cultural no anula un temperamento sensibilísimo hacia el mundo y la poesía. Leerlo nos hace un poco más ricos.

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