Diario de León
Cristina Fanjul
León

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H ay dos clases de hombres. Así, sin sutilezas. Están los misóginos y los demás. Los primeros comparten una inteligencia débil, un extraño complejo viril y suelen ser algo sociópatas. Los demás, pues vayan a saber. Hay de todo: más listos, más tontos, más empáticos, menos, más cultos, más iletrados, guapos, feos, gays, heteros... No se crean, que también hay homosexuales que odian a las mujeres, aunque suelen ser los que siguen agazapados, escondidos en lo más oscuro del armario, no vaya a ser que alguien descubra que son tan poco hombres como para no aceptar su condición sexual. Tenía un amigo que decía que había dos grupos humanos que no le gustaban. Uno de ellos eran las mujeres. Así, hablando en global, generalizando. El otro no lo digo.

No es que me dé por pensar mucho en los misóginos, pero estoy segura de que todas les padecen a diario. Es lo que tiene estar en el mundo, que la mayoría de las veces tienes que aceptarlo como te viene. Incluso las monjas de clausura les aguantan de vez en cuando. En fin, que cada vez me hacen más gracia los misóginos. No tanta como para reírme a carcajadas, que eso solo lo consigue Ignatius durante el amago de huelga, pero sí, con los misóginos me pasa un poco como con los pobres de espíritu: me provocan espontáneos ataques de ternura, tan obvios y previsibles resultan, tan transparentes en sus ataques de inferioridad... Son los fanfarrones de la idiocia. Tan poco elocuentes, tan atrabiliarios, tanto, tanto que se confunden en su propia tontuna.

Ahora, lo que no puedo soportar de ninguna manera son los misóginos al volante, los tontainas que solo usan el pito cuando van en el coche y que, por lo tanto, de tanto desentreno, no atinan y lo abocinan cuando más incoveniente resulta. A ver, que no tengo ni idea de cuál es la performance de un misógino, ni si tiene ocasión de practicar o no, que no quiero que nadie se ofenda, pero por su manera de lanzarse al falo ruidoso, está claro que echa algo de menos, que hay algo que falta, vamos, que no, que nanai, que ahí, más menos, hay algo escondido, una especie de asco primordial, de miedo embrionario, de tótem sexual, el sueño de Freud. Lo malo de todo esto es que los que tocan el pito sin razón son legión. Ver una mujer y echar mano al pito es todo uno. Por favor, disimulen. Los hombres que follan de verdad no necesitan llamar la atención de una mujer con el chiflo. El ruido solo sirve para camuflar complejos.

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