RÍO ARRIBA
Que vuelvan los guiñoles
Y a no recuerdo si fue durante el zapaterismo o el aznarato cuando dieron pasaporte a los guiñoles, pero sin duda alguna es hora de que regresen a nuestras pantallas urgentemente. Algún gerifalte de RTVE decidió cepillárselos, claro, aterrado por su legendaria mala uva, pero después de todo lo que ha sucedido (y sigue sucediendo) en este país (desde la astracanada de Bárcenas a los delirios secesionistas de Junqueras y Mas), es necesario que, por pura higiene política, vuelvan con su ironía despiadada y su lucidez transgresora. Imaginemos, por un momento, un programa donde dieran rienda suelta a su humor más ácido: ver al guiñol que representa al inefable Presidente de la Generalitat llevando la estelada por taparrabos y lanzando gritos como Tarzán; al Ministro del Interior colocando altavoces como en la frontera de Corea, pero radiando pasadobles a los habitantes de Cataluña; a Rajoy en la Basílica de Cuelgamuros rezando por la Unidad de España; a Iceta bailando enloquecido un hit de Tina Turner; a Monedero reduciendo la cabeza de Pablo Iglesias en el Orinoco; y, ya puestos, a Angela Merkel pasando la ITV a un panzer para garantizar que, a diferencia de los volkswagen, solo emite por el tubo de escape Zyklon B. Esos muñecos diabólicamente divertidos son la última esperanza de quienes, sentados en el sofá del salón, asistimos incrédulos a lo que escupen los telediarios: la realidad se ha vuelto tan lisérgica, ha alcanzado tal nivel de ««irrealidad»», que necesitamos unos títeres vandálicos para poder asumirla.
Como de muchos es sabido, hubo un momento donde los espectadores ya no distinguían entre los guiñoles y sus réplicas de carne y hueso, y ese fue el momento en que decidieron suprimirlos. Si a lo largo de estos años hubiesen estado ahí, con sus comentarios vitriólicos, es posible que nos hubiésemos ahorrado bodrios siniestros como el plebiscito catalán: a pesar de que suelen carecer de sentido del ridículo, muchos políticos hubiesen renunciado a parecerse tanto a sus dobles de goma espuma.
Pero no ha sido así, no ha habido nadie que nos abriese los ojos durante quince minutos al día y ahora asistimos a un espectáculo de tintes buñuelescos: no seremos el hazmerreír del mundo porque en todos los sitios se cuecen habas, pero el despropósito nos coloca en la lista de las proezas más surrealistas del Guinness. Los guiñoles son nuestro último recurso ante lo que se avecina: cómo enfrentarnos sin desfallecer o sin que nos entren ganas de huir a todos esos políticos que nos perseguirán con saña los próximos meses. Mientras nos llevan irremediablemente hacia el iceberg, que nos quede el consuelo de verlos como monigotes al cargo de la orquesta del Titanic.