Diario de León

FLORES DEL MAL

No todo es tabernario en los bares

Publicado por
GONZALO UGIDOS
León

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U na pelota para jugar: ese fue el regalo que, cuando Alejandro desembarcó en Asia Menor, Darío burlonamente le envió. El grandioso imperio persa miraba por encima del hombro al minúsculo reino de Macedonia, un gigante no ve jamás en un recién nacido el futuro rival que lo abatirá. De ahí el desdén de Rajoy por Rivera, que dicen que ganó el debate con Iglesias.

Yo digo que lo ganó Évole. Arrinconó los viejos usos de unos políticos acartonados y consiguió que este país se pareciera por un rato a Dinamarca, que ha pasado de ser la nación en la que algo olía a podrido a convertirse en el horizonte utópico de la izquierda rabiosa y de la derecha bonita. Ni todo lo que hacen los políticos es política, ni todo lo que pasa en los bares es tabernario. El bar obrero Tío Cuco fue el Waterloo de la insoportable zafiedad de nuestra comunicación política. Se han ido a criar malvas los argumentarios podridos de consignas, frases hechas, retruécanos de chicha y nabo, mamarrachadas, catecismos de gallofa corralera, herrumbrosos mantras y demás munición retórica de chalanes de burras ciegas. Ya no será posible tratar a los votantes como inquilinos idiotizados de un cotolengo que, con sumisión bovina, aceptarían pulpo como animal de compañía.

El debate de Évole abrió una grieta y por ahí entró la luz: la naturalidad se impuso a los corsés sectarios, que fabrican abstenciones degradando la política a un ejercicio de vuelo rastrero y navajazos al palabrero. Como en el cuadro de Goya, lo prevalente ha sido el inicuo espectáculo del palo y tentetieso de dos energúmenos hundidos en el fango y liándose a garrotazos; lo emergente es el ejercicio estimulante de la confrontación inteligente. En el discurso político, que es el ámbito de la inanidad y del disfraz, del malevaje y el camuflaje, ha irrumpido un nuevo estilo, y ya dijo el clásico que el estilo es el alma. Habituados a la colonización del espacio público por sectarios lelos, provincianos apáticos y zascandiles inánimes o desalmados, en el Tío Cuco asistimos al milagro profano de dos políticos españoles que por una vez no nos llamaron estúpidos.

Estúpido es el que cree que todos somos estúpidos, como la lozana Irene o como Raül Romeva y Rafael Hernando, que nos sonrojan con su petulancia pavisosa. En un panfleto clásico sostiene Carlo María Cipolla que los estúpidos son un grupo más poderoso que grandes organizaciones como la Mafia, el Complejo Militar Industrial o la Internacional Comunista. Tras el debate del otro día, nos asiste el derecho a creer que pierde fuelle la sección española de la Internacional Cretina y que las ideas desplazarán a la lucha sinsorga por el poder a hostia limpia. Presenten armas, llega el alma.

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