PANORAMA
Lo que el tiempo nunca arregló
E l tiempo no siempre arregla las cosas, como tantas veces se repite. Antes al contrario, con frecuencia lo que hace el paso del tiempo es deteriorarlas hasta convertirlas en irreversibles. Ocurre con las enfermedades, cuando nos resistimos a ir al médico o a dejarnos pinchar con el bisturí y, luego para la intervención ya es tarde o, en el mejor de los casos, más arriesgado. También ocurre en la política, como en otros muchos ámbitos de la vida, y es lo que pasó con el problema catalán cuya gravedad nos ha puesto a todos en vilo estos últimos días.
No se puede decir que lo que está ocurriendo nos coja de sorpresa. Hace casi tres años, cuando Artur Mas acudió a La Moncloa exigiendo un trato económico especial para Cataluña y fue despedido con un no rotundo, sin margen para negociar la propuesta, bastantes analistas alertaron del peligro que comenzaba a gestarse; mejor dicho, que se estaba agravando, porque ya se venía observando que el independentismo, hasta ese momento una pretensión minoritaria, estaba cobrando fuerza.
Artur Mas, con la prepotencia y la cuadriculación de su personalidad, tampoco dio pie para seguir hablando con realismo y para negociar -que de sobra probado está que es la manera de resolver los conflictos y de llegar a acuerdos satisfactorios para todas las partes- e inmediatamente anunció un proceso anticonstitucional de secesión. Así, como suena; en un reto al Estado desde el poder autonómico sin precedente. Inicialmente parecía una boutade , pero enseguida se fue revelando que no lo era.
Mientras en Cataluña y utilizando todos los resortes del poder de la Generalitat, el desafío continuó evolucionando sin que desde el Gobierno central se tomase en serio. Al menos esa era la imagen que daban el presidente Rajoy y su gabinete, excluido el ministro de Exteriores García Margallo que se enfrentó al reto y movió con acierto resortes internacionales para frenarlo. Algunos partidos de la oposición formularon propuestas para atajar aquella locura pero cayeron en el vacío que separaba a los dos máximos responsables de la situación y de la solución que no se buscaba. Solo ahora, in extremis, se muestran unidos para enfrentar el peligro.
Desde hace meses se utilizaba el símil alarmante de un choque de trenes imaginario, con toda la catástrofe que eso supondría, y al final es lo que está produciéndose. La confianza puesta en que el tiempo, y con el tiempo la sensatez, terminaría arreglando las cosas acabó frustrándose. La enfermedad lejos de curarse sola se fue agravando y ahora requiere es un tratamiento de choque, a la desesperada. El presidente Rajoy ya no espera que las cosas vuelvan a su cauce por sí solas. La Ley le colma de argumentos para actuar, pero la decisión con que se enfrenta es cómo aplicarla.