Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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El próximo martes de Santa Flora se cumplen los sesenta años del adiós en Madrid del arquitecto y acuarelista Javier Sanz (1892-1955), nacido en la cordobesa Lucena y luego itinerante, siguiendo los destinos judiciales de su padre. En León, adonde llegó con diez años, se hizo bachiller y tomó las primeras lecciones de arte, aunque su maestro decisivo acabó siendo Alejandro Ferrant en La Coruña. Entre 1912 y 1918 estudió arquitectura en Madrid, ciudad en la que finalmente recaló como arquitecto del Catastro, después de haber participado en el diseño de algunos de los mejores hoteles y teatros del León moderno, desde el Oliden o el Términus al Trianón, el Bergidum de Ponferrada y el Emperador. También el Condado de la calle Villafranca. Después de la guerra civil, rescató de la tiña el Gran Hotel de La Toja, ocupado unos años como sanatorio de retaguardia. También participó en la consolidación turística de la Toja: eliminó torretas de las esquinas y fundió los edificios precedentes, recreciendo dos plantas el conjunto, al que dotó de amplitud y luces generosas en todas sus estancias, propicias para el sosiego balneario.

Soltero, bohemio y pudiente, Javier Sanz se incorporó en Madrid al universo noctámbulo de Julio Camba (1882-1962), en el que también militaban el escultor Juan Cristóbal, el torero Domingo Ortega y los periodistas Antonio Díaz-Cañabate y Miguel Utrillo. Camba tenía un tabuco en las buhardillas del hotel Palace, junto al cuarto de la plancha, que le pagó desde 1949 hasta su muerte el financiero Juan March, para quien había trabajado como negro en tiempos convulsos, ejecutando delicados manejos. Todas las noches cenaban por rutina en Casa Ciriaco, o en Lhardy, cuando había algo que celebrar.

Evocó aquella hermandad Camba, al morir Javier Sanz: «Para el hombre que anda suelto por ahí, comiendo al azar de las tabernas y demás casas de mejor o peor alimentación, los amigos que le acompañan lo son todo». Javier Sanz era persona dadivosa, que financiaba sueños irremediables o asistía con un par de duros diarios a la supervivencia de un torero descarriado en el infortunio, como el amortizado Segurita. Viajero por el mundo, que entonces abarcaba desde Rusia o los países nórdicos al Marruecos colonial, sus acuarelas abundan en efusiones y exhiben tonalidades luminosas, capaces de alegrar la vida a quien las mira sin más congoja ni otra aspiración. Las más logradas recogen retratos de mujeres o marinas, que fueron los asuntos para los que tuvo mejor mano. Pero en su repertorio no faltan los apuntes de paisaje, los monumentos solitarios, las estampas de rincones exóticos, los homenajes a la memoria y tampoco las concesiones protocolarias. Un universo coherente con su derramada bonhomía.

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