Diario de León
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CUARTO CRECIENTE CARLOS FIDALGO
León

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En Nueva York, dos aviones contra las Torres Gemelas. Y un símbolo de Occidente se viene abajo. En Madrid, bombas en el metro. En Londres, bombas en los autobuses. En París, disparos de metralleta indiscriminados. En Bruselas, cinturones bomba en un aeropuerto y otra vez contra los viajeros del metro.

El terrorismo islámico, desde Al Qaeda al Daesh, ha trazado en los últimos quince años una línea roja que une las principales ciudades del mundo en que vivimos. El nuevo milenio nos ha traído el miedo. Miles de personas han muerto asesinadas. Y la herida es tan profunda que para vivir seguros nos piden que seamos menos libres, que no tengamos tantos escrúpulos si no se respetan los derechos humanos; Guantánamo, Abu Ghraib, los vuelos de la CIA, Snowden exiliado en Rusia por revelar que vivimos bajo el ojo de un nuevo Gran Hermano, o Assange refugiado en la embajada de Ecuador en Londres, son ejemplos de cómo el terrorismo nos ha cambiado.

O quizá no éramos tan buenos como creíamos.

En Estados Unidos, la cuna de la democracia moderna, miles de personas están aupando a un millonario de extrema derecha, profundamente xenófobo, como candidato republicano a la presidencia. Es el mismo país que votó por un presidente negro, pero también al tejano que hace tres lustros le dio una patada al avispero del terrorismo.

La tentación está ahí. Donald Trump, el millonario que quiere construir un muro en la frontera con México y vetar la entrada de musulmanes en los Estados Unidos si llega a ser presidente, no ha perdido el tiempo después de los últimos atentados. «¿Se acuerdan de cuando Bruselas era bonita y segura?», ha preguntado, oportunista.

Pero conviene recordar —y pueden consultar las cifras de Global Terrorism Database en un artículo del diario.es— que nueve de cada diez atentados yihadistas ocurren en países musulmanes. No tienen nombres tan cercanos como Nueva York, Madrid, Londres, París, ni como Bruselas, capital de la Unión Europea. Irak, Afganistán, Pakistán, Siria. Allí también son víctimas de la barbarie. Y cuando vienen en busca de refugio les cerramos la puerta.

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