Diario de León
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flores del mal gonzalo ugidos
León

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El presidente Rajoy, arrinconado entre las cuerdas con una serie de preguntas de Évole sobre la corrupción, solo acertaba a balbucir el mantra de que en el mundo hay mucha gente y la mayoría es buena. Tinta de calamar para ocultar su incapacidad de atajar algo tan doméstico, tan familiar, como la podredumbre. Pero si un gobierno no puede con ese pigmeo, ¿quién nos defenderá de los gigantes que avistamos en el horizonte? Estamos en manos de gobiernos placebo sin los conocimientos, la lucidez ni el coraje para sacarnos de la crisis. Solo saben ganar tiempo con inocuas pildoritas de colores. Ellos matan el tiempo y el tiempo nos mata a nosotros.

La democracia capitalista —ese centauro que trata de casar la conveniencia de muchos con la de unos pocos— se ha topado con una nueva crisis de legitimación. Mientras el Estado benefactor funcionó con viento de cola, los trabajadores recibieron una porción cada vez mayor de un pastel cada vez más grande. Hasta que se acabó la harina y llegó la mala leche. El motor del progreso se gripó y conocimos el rostro torvo de la inflación, el desempleo y la deuda pública. Para facilitar la deuda privada se recurrió a la desregulación financiera para que, al menos, la peña pudiera pedir dinero prestado para comprar, dado el caso, las cosas y las casas que ya no podía pagar, y que el gobierno, atado con la maroma de la dogmática austeridad neoliberal, no podía subvencionar.

El malestar no es solo económico, se nutre también con los efectos de las guerras en el Oriente Medio —los primeros refugiados, los ataques terroristas en el corazón de Europa— y todo adquiere un aire siniestro. No es de extrañar que el populismo, a la izquierda y a la derecha, viva un momento dulce, una ventana de oportunidad, dicen ellos, o sea las «condiciones objetivas» de Gramsci. Un chiste inglés: Nigel Farage sube a un taxi y el conductor le pregunta a dónde quiere ir. El político responde: «A 1957». Farage es un populista xenófobo y en 1957 la inmigración no era un problema en el Reino Unido. Si los viajeros fueran Jeremy Corbyn o Pablo Iglesias pedirían al taxista que los llevara a Sierra Maestra. Esa utopía regresiva ilusiona a mucha gente desencantada de la política tradicional, porque los que gobiernan el mundo han logrado tales proezas de incompetencia que han hecho que Donald Trump, Nigel Farage, Jeremy Corbyn o Pablo Iglesias sean percibidos como superhombres capaces de salvar el planeta Tierra. La impotencia de unos alimenta la prepotencia de otros. Y entre unos y otros, esta profecía de Cioran: «El árbol de la vida ya no tendrá primavera: es madera seca; de él harán ataúdes para nuestros huesos, nuestros sueños y nuestros dolores».

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