TRIBUNA
Turrón de Navidad

A hí les tenéis. A rebufo de la euforia olímpica se han propuesto superar sus propias marcas y con tanto empecinamiento van a obtener otro oro. Observad cómo suben al podio, suena el himno y cómo una masa enfervorizada de aduladores no cesa de gritar y de palmotear. Ellos están en su salsa. Son los profesionales del deporte nacional por excelencia: el despropósito, la irresponsabilidad, el egocentrismo.
Un juego para el que los máximos dirigentes de la política española no encuentran rivales que les haga sombra.
Ocho meses después de las primeras elecciones y dos desde las segundas, España sigue sin gobierno. Ni está ni se le espera, una vez más tañen las campanas del electoralismo. Después de tirar dos veces consecutivas por la borda 130 millones de euros, un presupuesto equiparable al del ayuntamiento o al de la diputación de León, repetiremos el gasto. Tres elecciones en un año. Las próximas, el mismo día de Navidad.
Llegamos a un punto en el que nadie se asombra por nada, en el que todo parece más verosímil cuanto más surrealista se presenta y en el que asumimos los desbarros de las cuatro formaciones más votadas con la misma naturalidad con la que sufrimos los calores de un verano tórrido.
Es lo que ocurre cuando quienes han sido elegidos para velar por el interés general porfían en defender antes sus propios intereses personalistas y sus cálculos partidistas. Pero esta vez si consumaran su amenaza, si llegaran a mezclar el turrón con las papeletas y la Navidad con otras elecciones, cabría la posibilidad de que las cosas discurrieran de otra manera. Y de que la paciencia ciudadana ante los desmanes de sus dirigentes se agotase.
Puede que la fecha elegida por el hierático Rajoy para presentarse a la investidura después de haber firmado un pacto con el versátil Rivera, ante la evanescencia de Iglesias y así presionar al imprevisible Sánchez, no sea fortuita. En política no existen las casualidades. La fecha del debate de investidura determina la fecha de las elecciones. Y al provocar la coincidencia de esta última con el día de Navidad, de una forma sibilina, el gallego ha aprovechado para anticipar un esperpento aún mayor si no obtiene la investidura en el plazo establecido.
Ridículo nacional y 36,5 millones de electores indignados serían las primeras consecuencias de una nueva convocatoria. Además, cientos de miles de familias españolas se convertirían en víctimas colaterales de este desaguisado al tener la obligación de formar parte del dispositivo electoral el día de Navidad.
Podemos estimar en más de 700.000 las personas que se movilizan en España cada jornada electoral, entre miembros de las mesas y trabajadores públicos. Un número que equivale a la población que suman todos los municipios de la provincia de León y la ciudad de Oviedo, niños incluidos. Por este motivo, y caso de celebrarse elecciones, más de 700.000 familias se verían obligadas a cambiar sus planes navideños. A la mayoría no les quedaría otra que suspender el tradicional viaje para compartir esas fechas con sus seres más cercanos, o celebrar una Nochebuena mucho más comedida y abreviada. Y, a las ocho de la mañana del día siguiente, personarse en su colegio electoral o en su puesto de trabajo, aunque sea Navidad.
En las elecciones de junio pasado fueron convocados 517.734 ciudadanos para conformar las mesas electorales, según datos del Ministerio del Interior. Eso quiere decir que más de medio millón de españoles fueron requeridos para ejercer de presidente o de vocal de mesa, o de suplente. Idéntico número de familias verían alterados sus planes para las próximas navidades, caso de repetir elecciones, a fin de que pudieran constituir las mesas electorales con normalidad. Y en el bombo que va a decidir ese medio millón de personas, de los cuales más de 6.500 serán leoneses, entramos todos los electores con menos de setenta años. Esa lotería nos puede tocar a cualquiera.
Los miembros de las mesas no son los únicos a los que les pueden amargar el turrón y la Navidad. El dispositivo organizado durante la última jornada electoral estaba compuesto por 91.700 agentes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, 57.526 representantes de la Administración del Estado, los responsables de las instalaciones de los 22.953 colegios electorales, los funcionarios de los 8125 municipios españoles, o los miembros de la Junta Electoral Central, de las 50 Juntas Electorales Provinciales y de las 303 Juntas Electorales de Zona.
En total no menos de 700.000 personas y sus respectivas familias se verían compelidas a cambiar sus planes para Nochebuena y Navidad, caso de repetirse las elecciones. Tendrían que desistir de comer el turrón en casa con los suyos para pasar el día, por ejemplo, detrás de una mesa electoral.
Llegados a este punto muchos se preguntan por qué no pasan la fecha de convocatoria del día 25, a la mucho más apropiada del 28-D.
Mientras, los protagonistas de este embrollo siguen a lo suyo, tenaces y corajudos; empecinados en seguir batiendo récords olímpicos del despropósito. Echándose las culpas unos a otros, porque ninguno reconoce la cuota parte de responsabilidad que le corresponde. Pronto presenciaréis también cómo la abstención se convertirá en la mejor aliada de los villancicos, el enojo subirá como las burbujas de cava y cómo a alguno de estos portentos se les atragantará el turrón en Navidad.