Trumpatán
H e hablado con varios leoneses anónimos pocas horas después de conocer la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas, y me he encontrado con una ciudadanía plenamente serena, en absoluto atemorizada, muy entrada en años y montes, en ríos y verdades, en familias queridas y en caminos que se internan en el bosque. Nicolás María de Abelgas, un hombre sensible y amante de las flores raras, que llegó a estudiar tres cursos de Veterinaria en León en los años cincuenta, que es primo lejano mío y que tiene una cafetería en Astorga en la que fui a desayunar, por saludarle, me dijo que para él Donald Trump era como una especie de gigantesca cucaracha pintada de rojo, pero que esa cucaracha no iba a venir nunca por la provincia, que no le temía para nada. Y cuando yo, ingenuo de mí, le dije que lo que sucede en Estados Unidos repercute en todo el mundo, Nicolás María se echó a reír y me dijo que por qué no jugábamos una partida al dominó. Así lo hicimos, y después de ganarme, me dijo que todo está muy distorsionado. Y que, en el fondo, el sol sale igual todos los días, y que no habrá guerra, que es lo que importa. Eso seguro, insistió cuando nos despedimos a la puerta de su negocio.
Casi al mediodía, en León capital, donde tuve que ir a hacer unos papeles para la Junta de Valladolid y el Viejo Reino, saludé a mi antiguo compañero de colegio en La Bañeza, Serafín Vanidodes, quien manifestó su total indiferencia sobre Trump; él lo que quería hablar era de la marcha triunfal de la Cultural Leonesa y de ahí pasamos a recordar aquella media que tanta gracia nos hacía, de muchachos: Piñán-Mantecón. Nos parecía mucho más actual hablar de Piñán y Mantecón que de Trump y de su eslovena esposa. Después de Piñán y Mantecón también recordamos a otros futbolistas, como el gran Marianín, faberense que empezó a triunfar en Bembibre. Y de un tal Beitia, que jugaba de extremo izquierda, no sé por qué caímos en él. Luego nos despedimos con un fuerte abrazo delante de su mesa de funcionario y me volví al coche rumbo a Ponferrada.
En la capital del Bierzo había quedado con mi primo Ricardo, que fue un gran vendedor de enciclopedias por las casas y que ahora triunfa, relativamente, como empleado en una agencia inmobiliaria. Pronto empezamos a hablar de Trump pero casi más pronto sentimos que el tedio nos devoraba a los dos, se lanzaba a comernos por los zapatos. Y en un acto de total y anhelada irresponsabilidad histórica, nos fuimos a tomar otro vino, en el que la mencía y sus clases y méritos fue la gran temática de todo el atardecer. Mucho aprendí con mi primo Ricardo de añadas y caldos, mientras al fondo, en la televisión, un potentado estrafalario de peinado demente y amarillo, decía no sé qué a no sé quién. Porque pase lo que pase, nadie podrá con León, ni con Astorga ni con Ponferrada.