Alberto Tejerina
C ada anciano admirable que muere en la provincia de León, y en cualquier parte del mundo, debería tener derecho a que el periódico lo recordara. No solo con una esquela. Porque ellos fueron vida larga y extendida; fueron el tesoro de los niños y los jóvenes, de los maduros y de los otros ancianos. Ellos ya son tiempo detenido y verdad, son grandeza. Memoria y alegría. Y un adentrarse en el misterio.
Cada uno de nosotros conoce a este, a aquella, a aquel otro. Personas que fueron modelo de dignidad y cariño, de entrega y generosidad, de resistencia, de optimismo, de lucha y fuerza. Y quienes no tuvieron tantas cualidades, también se merecen la evocación de quienes los conocieron. Esto que digo, claro, es una quimera. Porque no hay ni periódicos, ni medios ni tiempo para rendir ese homenaje a tantas personas nobles y sencillas que nos van dejando. Es un sueño, aunque yo creo que en el próximo futuro, y gracias a las nuevas tecnologías, es muy posible que cada persona que se va tenga ese perdurar reservado y electrónico. Que nos ayuda a todos y que nos lleva a ser mejores. Que nos hace madurar y sentir.
Alberto Tejerina Castaño, que falleció a los 92 años en el Bierzo hace unas semanas, fue un hombre de bien. Tolerante, libre, cordial, muy activo. Un hombre industrioso que salió de su tierra para tener negocios en Cataluña y que, en cuanto pudo, regresó a su origen querido, a su San Esteban de Valdueza, una de las poblaciones más raigales del Bierzo, más acogedoras. Donde la viña y el río se hermanan, donde se bifurca el camino hacia la tierra sagrada de la comarca: un ramal hacia Peñalba y Montes y el otro hacia el pico de la Aquiana.
Él fue un hombre bueno. Que lidió durante diez años con una dura enfermedad, que mantuvo a raya con gran coraje. Un hombre que era un árbol del Bierzo. Un padre bueno, inteligente y discreto. Un gran hijo de su país natal, como tantos otros; un gran leonés. ¡Qué orgullo ser paisano de personas así, tantas que hay por la provincia, tantas que nos dejaron…! Y que dejaron obra y vida, camino y corazón.
Alberto Tejerina era un hombre moderno: utilizaba con soltura los nuevos sistemas de comunicación. Y tenía un grupo de amigos muy plural, en el que convivían los venerables hombres del Oza y del Sil, con los jóvenes más radicales de la comarca. Con los ácratas más lúcidos, con los artistas más innovadores. Como su nieto el escritor Toño Tejerina. Esa hermandad de los ancianos de la tribu con los muchachos vanguardistas producía un encanto singular. Iban los mozos revolucionarios a ver a los ancianos enfermos a los hospitales. Reían, hablaban, se querían. El salto de setenta años entre unos y otros se disolvía en complicidad y en humor. En belleza profunda de vivir y compartir. Y ese, entre muchos otros, es uno de los más intensos y singulares legados de Alberto Tejerina Castaño.