Genarín del Bierzo
P onferrada tuvo su Genarín, sucede que eran tres personas distintas y un solo vapor etílico verdadero. Genarín del Bierzo era la suma de tres perdedores despreciados y solitarios. De tres vecinos que vivían su particular semana de pasión y muerte durante todo el año. Pero cuya presencia se acentuaba cuando llegaban estas fechas tan cruciales para los cristianos. Se les veía más.
En la memoria de muchos ponferradinos, aunque cada vez menos, claro, queda un personaje apellidado Goñi. Era un minero que quedó perturbado por un accidente en la galería que afectó a su cabeza. Y le dio por la religión, como a tantas personas que tienen parejos infortunios. Goñi iba a la iglesia de San Pedro y organizaba unos barullos absolutamente delirantes, propios de la mejor película de Buñuel, sobre todo de su período mejicano. Interpelaba y corregía al sacerdote, interrumpía los oficios religiosos y llegó a subir al altar profiriendo grandes amenazas, que en alguna ocasión llevaron a esconderse en la sacristía al oficiante. Pero, sobre todo, Goñi cantaba. Se arrancaba en cualquier momento de la misa con su gran vozarrón, y la gente, en general muy conformista con la liturgia, se incorporaba a su salmodia sin mayor problema.
No tardó en ser confinado en el manicomio de León. Pero el año largo en que triunfó en San Pedro fueron sensacional. Nada que ver con otro miembro del triple Genarín berciano; con un hombre que fue siempre motivo de mofas crueles, una cotidiana barbarie que provocaban siempre una gran tristeza en aquel niño que era yo. Hablo de un maletero llamado Ceferino, un discapacitado físico y mental, que recorría la ciudad arrastrando un remolque. Y que parecía un exvoto andante, un menesterosísimo palestino de los tiempos de Cristo. Una de aquellas personas por las que Jesús mostraba más afecto y cercanía. Que ese es el corazón del mensaje cristiano: el amor. Pues bien, en aquella Ponferrada brava y sesentera, Ceferino fue un emblema del infortunio y la enajenación.
El último miembro de esa trinidad era un hombre alto, joven, lúcido pero también trastornado, que andaba por la ciudad solo, con una gabardina oscura, con unas gafas de espejo, con un decir triste y poderoso a un tiempo, en el que siempre sembraba palabras de religión, de metafísica, de más allá. Y todo con un calor raro, con una pasión chiflada, pero adornada de muchas palabras cultas y de cierto rigor politeísta. Este hombre, al que le llamaban Tribulete, era un hombre vencido por el alcohol, como los demás miembros del Genarín berciano. Un Genarín secreto, nada que ver con el insólito y masivo movimiento que se organiza en la capital de la provincia cada vez que llega la Semana Santa; las fiestas de la limonada.
En fin, triste mundo el de los Genarines. Burlesco y antañón, tal vez metáfora de lo menos estimulante de nuestra vida social.