Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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J uan Carlos Mestre tiene luz, eso que a muy pocas personas adorna. Él llega y ya todos estamos contentos. Expectantes. Dicen que García Lorca también era así: un entusiasmo que inundaba las reuniones, los recitales, los momentos más diversos del vivir. Julio Cortázar, sin pretenderlo, también llenaba todo de encanto. Algo no tan habitual entre escritores. Ese chorro de luz es prueba de talento, de generosidad y de amor a la vida. Y muchas más cosas que no acabaríamos de contar. Es un estilo, también. Un modo personal, sincero y afectuoso, de estar en el mundo.

Fruto de esa mirada, de ese caminar por la vida así, es la juventud. Juan Carlos es un joven que acaba de cumplir 60 años. Y que ya encierra en esos años un legado tan original como valioso, tan comprometido como libertario. Extenso y plural. Fuente de felicidad para quienes le leen, para quienes contemplan sus obras plásticas. Mestre es un mago de las palabras y el tiempo, de la búsqueda y la raíz. Con esos cruciales elementos, ha elaborado una obra tan aérea como terrenal. En la que siempre están presente las aguas del Burbia y del Valcarce, los dos ríos de su Villafranca del Bierzo natal. Porque no hay berciano que no lleve un río en su corazón.

Todos los que conocemos a Juan Carlos lo queremos y admiramos. Y andamos por ahí, por las esquinas del tiempo, para ver si lo encontramos en algún recital, en algún viaje, en algún acontecimiento lírico. Porque estar con él es oro, es risa, es música y gozo. Y también casi un milagro porque él viaja mucho, se pasa la vida cruzando el Atlántico.

Revelaré ahora un pequeño secreto. Sucedió en el teatro Bérgidum de Ponferrada en 2010. Fue con motivo de un homenaje que se le dedicó a Antonio Pereira, el queridísimo escritor villafranquino, tan amigo de Juan Carlos, el autor de los relatos más bellos de las últimas décadas en nuestro idioma. Allí coincidimos en bambalinas con otros intervinientes en el homenaje. Fue un acto muy emotivo, muy intenso. Pero lo que no me esperaba yo era ver a Juan Carlos llorar tanto, llorar tan triste y tan fecundo a don Antonio Pereira. Aquel llanto de Juan Carlos nos conmovió. Nos ofreció esa otra vertiente de quien es luz en la alegría. Y que también sabe ser luz en el dolor. En la ardiente obra que conforman sus versos. En ese caudal que empezó breve, propio y cautivador, y que en los últimos diez o doce años se ha convertido en una marea de verdad y compromiso. Primero el compromiso con el idioma, porque Mestre es, por encima de todo, un gran escritor. Y luego, apasionadamente, con las personas que más han sufrido la injusticia y el abandono. Mestre es una perfecta y libre máquina de palabras y de imágenes contra el olvido. Sus versos perdurarán, aunque todavía le queda regalarnos muchos frutos de su luz. Están en marcha. ¡Felicidades, Juan Carlos!

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