Puritanos
A lguien lo ha imaginado ya. Y sobrecoge. Una sociedad puritana, engendrada sobre las cenizas del terrorismo islámico; un régimen teocrático que toma como referencia al Dios vengador del Antiguo Testamento, donde no hay libertad de expresión, se castiga a los herejes que practican una religión distinta a la oficial, con sus dogmas, y donde sólo están libres de culpa los cristianos puros.
Alguien lo ha descrito. Y es terrorífico. Es un país que nos resulta familiar, en el que los islamistas han asesinado al presidente y a la mayoría de los miembros del Congreso en una serie de atentados, y donde, como reacción a la barbarie, los dirigentes que sobreviven imponen un Estado totalitario que sacrifica la libertad para que sus ciudadanos vivan más seguros; una nación envuelta en guerras internas que ahorca a los disidentes y donde está prohibida la lectura, es un pecado la frivolidad y el valor de una mujer está en sus ovarios.
Es el mundo que imaginó Margaret Atwood en su novela El cuento de la criada , distopía escrita en 1985 donde la mujer es poco menos que un recipiente, porque sólo importa su capacidad para ser madre. Ganadora de premios de renombre y convertida en un clásico a la altura de las mejores obras de George Orwell o Aldous Huxley, la novela de Atwood ha permanecido inédita en España hasta que una serie de televisión la ha rescatado este año y la editorial Salamandra se ha decidido a publicar una traducción. «Cedo mi cuerpo para que lo usen los demás», es la frase desoladora que llega a pronunciar la protagonista, a la que reprimen su sexualidad.
Y en medio del desasosiego que produce el nuevo atentado islamista de Manchester —un horror que agota todos los adjetivos porque entre los muertos hay niños y adolescentes que asistían a un concierto de Ariana Grande; mujer libre que ha llegado a decir que no es ningún trozo de carne que un hombre pueda usar para darse placer— leo que los terroristas, esos puritanos del Islam que se escandalizan por una falda corta y piensan que el ocio es pecado, han justificado su crimen deleznable porque sus víctimas presenciaban un espectáculo «desvergonzado».
Y ‘rezo’ para que no nos cambien.