Hacerse el egipcio
S obres de dinero negro, maletines, paraísos fiscales, Jaguars en garajes, áticos superferolíticos, comisiones por obras o servicios públicos, prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, malversación, estafa, apropiación indebida, nombramientos ilegales, delitos fiscales, blanqueo, corrupción entre particulares ... Esos son los hechos que han vuelto a convertir este país en una ciénaga. En «Esperando a los bárbaros», el Premio Nobel J. M. Coetzee escribió: «Nunca debimos abrir las puertas de la ciudad a quienes sostienen que existen consideraciones más importantes que las de la decencia», que traducido significa que nunca debimos poner las zorras a cuidar de nuestras gallinas.
Según el barómetro del CIS publicado esta semana, la preocupación por la corrupción se ha disparado 12,3 puntos; la putrefacción infecta nuestra política, infiltró partidos y sindicatos, gobiernos, parlamentos y ayuntamientos; pero el señor Presidente del Gobierno se pone de perfil como un egipcio y dice que esos escándalos son «chismes». Ese es su diagnóstico porque ese es su temperamento. Su temperamento ya no va a cambiar: es demasiado viejo. Su temperamento ya está cuajado, es inamovible salvo para volverse contra tribunales y fiscalías, contra la UCO y la Udef, maniobrando a la desesperada para mangonearlos y contener la hemorragia de los procesos judiciales que lo desangran. Como todos los esfuerzos inútiles, el suyo está condenado a la melancolía. No es posible esconder la ciénaga cuando chapotean en ella casi mil imputados del partido del Gobierno que —por lógica estadística y los escasos recursos destinados a preservar la higiene pública— son solo la punta del iceberg. Los votantes conservadores ya han empezado a pasar del PP: dado que creen que es mejor un Gobierno conservador, temen que la impunidad de los corruptos perjudique las expectativas electorales de su ideología. Por eso llegan buenos tiempos para Albert Rivera, un mirlo blanco frente a un insaciable buitre negro. La venalidad política es tan antigua como andar de pie, el investigador egipcio Ahmad Saleh descifró la inscripción de un papiro en el que se cuenta que un funcionario de Tebas llamado Peser, en tiempos del faraón Ramsés IX dirigía una trama en connivencia con una banda de saqueadores de tumbas. Los jueces se hicieron los egipcios y en el proceso ni Peser ni otros cargos públicos implicados fueron condenados. Mal que le pese al PP, ya no es posible salir de rositas como Peser. Por mucho que se empeñe el Gobierno en negar la evidencia de la pestilencia y en atar en corto a jueces y fiscales, esa diosa ?que preside los palacios de justicia tal vez sea ciega, sorda y muda; pero es fría como el mármol y ciñe espada.