Portugal
Hay algo de surrealista y espectral en esas imágenes filmadas por un dron en las carreteras de la tragedia portuguesa: una ceniza y una luz moribundas que parecen venir de otro mundo y que se posan invisibles sobre los coches atrapados en la ratonera de fuego. Al verlas y pensar en los hombres que los ocupaban (pero sobre todo en los niños, los niños asistiendo al horror en el asiento de atrás), te golpea en el pecho una angustia inexpresable.
Portugal, atlántica y taciturna, santuario profanado por llamas y vientos, por terremotos que hicieron dudar a Voltaire de la responsabilidad de Dios ("Nuestros muertos siguen esperando una respuesta"
Los españoles, tan fatuos, tan necios, hemos mirado muchas veces a Portugal por encima del hombro, persuadidos estúpidamente de nuestra supremacía económica, a veces de cierta superioridad moral, un vestigio de pasados colonizadores donde se mezclaba la miseria de la ignorancia con los intereses bastardos de nobles y reyezuelos. Todavía hoy, saliendo de cerebros minúsculos y prejuiciosos, oímos comentarios despectivos sobre los portugueses, como en otros sitios se vierten sobre árabes o judíos. Bien es cierto que, poco a poco, va creciendo una simpatía con algo de admiración mutua y leal, que incluso aporta utopías conmovedoras, como ese ensueño de crear, sin mayores pretensiones, una Iberia amable y republicana.
La solidaridad no debe reparar en fronteras, pero es de justicia que nos volquemos generosamente con nuestros vecinos. Persisten las reticencias hacia España, un país que, durante siglos, basó su relación en actitudes soberbias, pero merece la pena que intentemos seducir el corazón de los portugueses. Hay en la geografía moral de Portugal un refinamiento sereno, una gentileza frugal y distinguida que no está reñida con el coraje de los audaces: de quienes no soportan el yugo de sátrapas o dictadores finiseculares. Modesta, dignamente, nos han servido de modelo en el pasado. A Portugal le debemos un mensaje de esperanza en medio de las tinieblas, cuando sus militares salieron a la calle para poner fin al régimen de Salazar y en las rúas y travesías de Lisboa las jóvenes portuguesas colgaban flores encarnadas en la boca de los fusiles.
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