Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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En Alemania ha muerto un payaso. Uno de los buenos. De los que hacen reír detrás de una máscara. Y de los que hacen llorar cuando ya no están.

Ese payaso era un viejo clown desgastado, «un pastor de la oscuridad y un dulce insurrecto del infierno», ha escrito de él el poeta Juan Carlos Mestre, que lo admiraba.

Tenía un nombre muy normal ese payaso. Y un apellido corriente. Paco González, se llamaba, como tantos otros. Pero me cuenta Miguel Ángel Varela, el director del Teatro Bergidum y la persona que trajo a Ponferrada su espectáculo Ristorante Inmortale después de disfrutarlo en una nave de Berlín hace veinte años, que probablemente haya sido la figura más importante del teatro en el Bierzo. Por algo Ristorante Inmortale, estrenado aquí, recorrió después medio mundo

Antes de ser eso, un payaso de éxito, un clown insurrecto, una sonrisa detrás de una máscara y un eco que se apaga despacio, Paco González fue niño en un pueblo de Valdeorras, donde quizá le traigan ahora que ha muerto, y en Fabero. Sus padres emigraron a Alemania, como tanta gente de nombre y apellidos corrientes, y allí aprendió el oficio de fontanero. Y allí, sobre todo, le enseñaron a ser payaso en una escuela de interpretación donde intuyeron su talento con la mímica y los gestos, en la mejor tradición de los clowns.

Después llegaron las máscaras. Los compañeros de la compañía Familie Flöz, el estreno en Ponferrada, el éxito, los aplausos, las giras, los escenarios. Y nunca un restaurante fue tan divertido. Pocas veces una máscara enseñó tanto.

Yo estaba el día de aquel estreno en el patio de butacas del Bergidum, asombrado por la riqueza de matices que Paco y sus compañeros nos transmitían sin cambiarse de careta. La risa. La emoción. La melancolía. La hilaridad.

De todos los espectáculos que he visto en estos veinte años en el teatro municipal siempre me acuerdo de Rafael Álvarez, el brujo, que nunca defrauda, y de Paco González y su Ristorante Inmortale. Paco y su Teatro Delusio. Paco, el payaso, le llamaban. Porque lo era. Un payaso muy grande. De los que hacen reír detrás de una máscara. De los que hay que llorar cuando se van.

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