La siesta perfecta
E l otro día, gran siesta de cinco minutos en el pinar de Adrados, en Boñar. ¿Quién necesita más? Siestina lo llamamos, con precioso diminutivo. No sé si esto es lo que denominan «placer de dioses», pues ignoro cómo dormía Zeus. Soy católico, lo llamaré con recato y sin intención de herejía: ¡milagro de siesta! Antes de cerrar los ojos, lo veía todo muy negro, incluido ese gigantesco bloque de hielo, diez veces el tamaño de Madrid, que se ha desmembrado en la Antártida. No diré que al abrirlos me diesen ganas de gritar «¡viva el big bang que nos trajo», pero casi. Ah, la siesta. Gran invento, que los leoneses tuvimos antes que Castilla leyes. Y además, ni el cuerpo ni la mente necesitan más. Si sobrepasas esos cinco minutines ya no es dormir sino invernar, aunque estés en julio. Ha de ser microrrelato, no novelón ruso. De la cuchara o de la llave, que lo llamaban nuestros abuelos, en referencia al tiempo que esos objetos tardaban en caer, si te dormías con ellos en la mano. Para optimizarla, ayuda mucho tener la conciencia tranquila, porque preocupaciones quién no las tiene. Bueno, algunos carecen de ellas porque se pasan el día creándoselas a los demás. Pero sí, basta con un rato, más es ya despendole onírico. En nuestra ciudad, sin necesidad de irte muy lejos puedes comer al aire libre y después convertirte en bello o en bella durmiente, durante un santiamén. Los anglosajones esto no lo tienen. Los esquimales, tampoco. Si Donald Trump la durmiese cada día, y por supuesto que me refiero a la casta, no tuitearía tantas sandeces y, lo que es mejor, tampoco las haría.
Propongo que la siesta sea declarada especie protegida, como el urogallo o el contrato indefinido. Por supuesto, hay quienes no la necesitan porque duermen a pierna suelta incluso cuando están despiertos. Y, además, roncan.
Me quitan la siesta y las columnas me las tendría que escribir el duende del taller. La mía en Adrados fue perfecta. Santiamén. Azoriniana. Hola y adiós. Sujeto, verbo y predicado. Casi un espejismo. Ni siquiera las moscas dieron lata, tan dadas a darla. Pero mejor no lo difundamos mucho, no se nos vaya a llenar aquello de durmientes de cogorza y resacón. A dormirla en soez, cada uno a su casa.