Una biblioteca en Babia
C asualmente, coincidiendo con los atentados de Barcelona, se abría en Quintanilla de Babia, de la mano de la Asociación Cultural El Rancón, una biblioteca. De modo insospechado, esa iniciativa se convertía en una celebración frente a la barbarie, en un acto de esperanza (aunque fuese tan lejos y tan modestamente) frente a la desolación. Días antes, había pasado por San Emiliano Antonio Merayo, con sus aforismos cargados de mesura y lucidez, y apenas una semana antes, en la Casa de Luna y Babia, Berta Piñán, Juan Carlos Mestre y Manuel Rivas lanzaban poemas como pájaros valientes en medio de la oscuridad. Los pueblos, en este caso de Babia, convertidos en santuarios de la razón y la belleza, en oasis temporales de cultura.
No siempre, claro, es así. Tampoco aquí nos libramos de esa pandemia que afecta a la mayoría de los núcleos rurales de la Comunidad: el abandono, la rácana prestación de servicios, la despoblación rampante y angustiosa. Por no quedar, no se salvan ni las oficinas de las Cajas, que también echan el cerrojo, huyendo como esos buitres que, con el buche lleno, graznan saciados mientras remontan el vuelo pesadamente. Si la gente del campo retirase hasta el último doblón de sus arcas, otro gallo les cantaría. Pero los que quedan, con las excepciones descritas, parecen paralizados por una extraña resignación. A veces uno piensa que en los pueblos ya solo van quedando los maliciosos, los que miran al vecino con suspicacia, paseando con un palillo entre los dientes y un perrazo que, al pasar junto a su casa, ladra como si fuese a comerse a los niños.
Los pueblos como aparcamientos de veraneantes, donde familias pijas y bronceadas meten el morro de sus cochazos hasta el mismo puesto de morcillas. Los pueblos a reventar en las fiestas patronales, con filas rocieras que lo mismo atropellan un corzo que cargan de cebollas el maletero. Las verbenas donde antes bailaban los enamorados convertidas en espantos luminotécnicos, o peor aún, en botellones como los que se montan en los arrabales de la ciudad. Y al fondo un paisano mirando las cosas atónito, preguntándose, como aquel personaje de Vargas Llosa, cuándo se fue a la mierda su pueblo.
En una década, cerradas las escuelas y dispersados los médicos, aquí ya no quedará ni el gato del dispensario. En el pueblo donde paso unos días, han cortado el agua durante doce horas: no por falta de fuentes o conducciones, sino por una mezcla de negligencia y dejadez. Las autoridades prefieren emplear el tiempo sacrificando ovejas o montando torneos de bolos. Derechos que se creían conquistados en el siglo veinte, brillan por su ausencia. A la gente de los pueblos, tristemente, se los considera ciudadanos de segunda.