FUEGO AMIGO
Brasas de agosto
La temporada de incendios ha tenido un año más estreno y broche a un lado y otro de la Aquiana, en Bouzas y en Losadilla, en Valdueza y en la Cabrera. Con un despliegue voraz, que acabó convirtiendo estos fuegos intencionados en los más dañinos del curso. El berciano en abril y el cabreirés en agosto. Ambos arrojan la certidumbre de que fueron provocados intencionadamente, pero en zonas ya descartadas como territorio combustible, donde la fiscalía carece de medios para escuchar el testimonio de «tantos vecinos que conocen al presunto autor de los hechos». Cito la denuncia de Cabrera Natural, pero quizá habría que ir más allá.
Porque lo que falla en primer lugar en nuestro territorio rural es un despliegue razonable de las fuerzas de seguridad, desde que la guardia civil se dedica prioritariamente a tareas urbanas. Alguna, por cierto, tan pintoresca como suplir a los controladores aeroportuarios de Eulen. Pero este desamparo del mundo rural, convertido ya en territorio combustible, no ocurre de repente ni por casualidad. Es consecuencia de una estrategia sostenida, que considera a los pueblos y sus entornos como una rémora prescindible. Y mientras llega el momento del descarte, se procura degradar su existencia por el procedimiento de una asfixia concertada que alimenta el abandono. Todo ello para concluir que ya no quedan colegios ni servicios que faciliten la supervivencia de los resistentes.
Agosto marca el regreso a la aldea de buena parte de nuestros emigrantes, que ya son más que los residentes. Un tiempo de embeleso y saludable cultivo de nostalgias, que una vez al año no hace daño. Pero malogrado por la chamusquina, que a nadie deja indiferente, aunque de momento no se atisbe el humo. Los montes han vuelto a arder con una ferocidad inusitada y con este paisaje resulta obsceno recordar que hace quince años que se aprobó un Plan Forestal para el período 2001-2027 adornado de inversiones anuales cercanas a los 180 millones. ¿Más castillos en el aire?
Con ser importante la dotación económica deducible del horizonte presupuestario implicado, no resultó entonces menos ilusionante la letra menuda del plan, que recogía la aspiración humanista de crear una cultura forestal y de paso dignificar la situación de los trabajadores del sector, rescatándolos de la precariedad de la intemperie eventual. Subrayo aspectos aparentemente subalternos porque los estímulos económicos no han sido baladíes durante los últimos lustros. Si algún día se incrementaran en la medida en que compromete el Plan Forestal, tanto mejor. Pero cualquier dotación resultaría igualmente insuficiente, si no viene acompañada de una decidida pedagogía social capaz de terminar con la cuota devastadora de incendios provocados.