Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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No me gusta el humor escatológico, salvo que el humorista use pañales. Pero como lo propio de los adultos es tener contradicciones he pedido a un pariente catalán que me traiga el nuevo caganer de Puigdemont. Ya saben, esa figurita típica de los belenes catalanes, en la que un personaje es mostrado en cuclillas y defecando en un rincón. Si en la del año pasado su expresión era algo ausente, en la de este además de ausencia se percibe en el prófugo cierto recochineo farruco. Parece el gallo de Morón, que dice mi madre. O sea, sin plumas y cacareando. Esta expresión popular se utiliza para quien ya en la cazuela todavía se pone gallito, ajeno a que el problema lo tiene él y no el cocinero. Tal cual. Por supuesto, en mi nacimiento no entra. Tampoco lo quiero para hacerle vudú, ni para comprobar si tenemos o no parecido. Lo mío es mero coleccionismo. Ahora bien, dónde colocarlo. ¿En la estantería de la biblioteca? Ni hablar, menuda afrenta a las obras completas de Tostoneski. ¿En la mesa del despacho? No, me espanta a las musas. ¿En el salón? Tampoco, pobres visitas. ¿Lo encierro en un cajón? Menos, tras autoproclamarse preso político daría la matraca. ¿Dónde, pues? En el cuarto de baño te sientes observado. ¿En la cocina?, me fusila la receta secreta para los huevos fritos. Si apareciese representado con la mano en el mentón, todavía podría hacerlo pasar por una interpretación posmoderna del Pensador. Pero la última vez que don Carles pensó algo, Rodin aún llevaba pantalón corto. Ah, maldito coleccionismo. Si lo llego a saber colecciono bombones belgas, y así el expresident podría marcarse un detalle.

Mientras, unos corean «Puchi, campeón, eres nuestro faraón» y otros «Puigdemont, mamón, acata la Constitución». Es de rima fácil. Acaba de declarar que el Gobierno ha retirado la orden internacional de detenerle, porque «tiene miedo a hacer el ridículo». Lo dicho, el gallo de Morón. Sin cresta, sin plumas y aún cacarea. «¿Del verbo cacarear?», preguntará ese lector lingüista que todos los columnistas tenemos. Sí, caballero, de ese y del otro.

Pero sigo sin dilucidar dónde pondré el nuevo caganer de Puigdemont. Todavía si lloviese podría utilizarlo de pararrayos... Ay, la pertinaz sequía.

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