Va en el sueldo
P ues claro que el rey sabía que iba a sufrir la mala educación —por decir lo menos— del president de la Generalitat, Quim Torra, a su llegada y a su salida del acto de apoyo a las víctimas del atentado yihadista de hace un año. Claro que sabía de antemano que se le iba a hacer un cierto vacío por parte de las autoridades independentistas, que reivindican la proclamación de la República de Catalunya. Claro que sabía que alguna pancarta habría en los alrededores de la plaza de Cataluña rechazando la visita del jefe del Estado a un territorio de ese Estado.
Por eso mismo, tuvo el coraje, inevitable e insoslayable, de acudir a esa concentración, que, al final, gracias a la que me parece que ha sido una labor protocolaria al menos eficaz, terminó, ya digo, mejor de lo que era de suponer: no había esteladas, hubo pocos gritos y el desaire de Torra, que apenas saludó brevísimamente al Monarca, fue más dirigido contra sí mismo que contra la persona de Felipe VI.
Todo ello no significa que el jefe del Estado haya mejorado su relación con el mundo independentista; lo que no puede ser, no puede ser y es, además, imposible. Pero creo que el rey ganó esta difícil batalla en Barcelona: de ninguna manera podría no haber asistido.
Otra cosa son los errores de Pedro Sánchez en las redes sociales; o las declaraciones excesivamente partidistas de algunos políticos. A mí, lo que me importa es que Torra, que dijo que él no compartiría este acto con el rey, lo compartió, e incluso ambos aplaudieron al unísono las mismas, expertamente seleccionadas, piezas musicales. Lo que me importa es que esas ‘asociaciones civiles’, como Omnium o la Assemblea, que siempre son las encargadas de montar las algaradas amarillas, aguardaron hasta la tarde para hablar de sus ‘presos políticos’. Lo que me importa es comprobar que la labor de esos negociadores, que lograron mantener un cierto equilibrio, siempre relativo, claro, en un acto con perfiles políticos peligrosísimos, podrá, quizá, continuarse en otras negociaciones.
Cuando se es de veras inteligente, se empiezan negociando los protocolos, que es acaso lo que más fricciones causa entre los humanos, y se acaban negociando los acuerdos que garantizan la estabilidad política. Acabé este viernes muy moderadamente esperanzado. A ver si es verdad.