El caballo desbocado
N o es que Puigdemont se haya ido, sino que se ausenta mientras el caballo de Troya sigue pegando coces a la Constitución. El expresidente de la Generalitat de Cataluña está procesado por rebelión, desobediencia y malversación de fondos públicos, pero a él quizá estas cosas no le preocupen mucho porque ha puesto tierra y mar por medio y ahora está, en condición de fugado, en Bélgica. Hace dos meses fue suspendido por el juez del Tribunal Supremo, pero sigue aferrado a su escaño porque está convencido de que el Parlament le protegerá y no hay ninguna sentencia que le obligue a dejar su puesto, con el que se ha encariñado mucho.
El Gobierno catalán, encabezado por Quim Torra y por Puigdemont, lo que desea ahora es llevar las cosas a la calle para verse las caras, como los chuletas de barrio. «Estuvimos y volveremos a estar», es su lema hasta que encuentren otro mejor. Lo que quiere el independentismo, como su nombre indica, es conseguir la independencia de un trozo de España en contra de la mayoría de los otros españoles, incluidos los que nacieron en Cataluña cuando era «archivo de la cortesía», antes de que el caballo de Troya supiera quienes podían ser los destinatarios de las coces.
Cataluña ha vuelto al debate sobre la financiación, donde nunca se había ido, pero con eso que llamamos «redoblados ímpetus». Gran desperdicio, porque la casa española no cabe por la ventana de Cataluña. Ni siquiera agachando la humillada cabeza, porque lo que quieren los independentistas es la decapitación de España para que abulte menos en Europa. Convertir a los rivales en enemigos es la táctica favorita.