TRIBUNA
El alcalde Amilivia y la transformación de León
C on la diferencia explícita de vivir en tiempos cuyo principal germen son las tecnologías tan avanzadas que poseemos y la posibilidad de medir nuestros recuerdos con decenas de soportes informáticos y poder verificar la información que nos llega, quisiera diagnosticar esa tendencia al olvido y que nos distrae de las realidades para no reconocer méritos de quienes han contribuido con nuestro bienestar y futuro. Ya sea desde la óptica de arriesgados aciertos o con causales equívocos, olvidar es un gesto que nos vuelve la mirada hacia un insostenible vacío y que nos aparta de valores como sociedad avanzada que somos. Octavio Paz hizo una interesante valoración sobre la palabra gratitud incidiendo sobre la premisa de que tenía un equivalente en cada idioma y en cada lengua una gama de significados claramente abundante. En ocasiones no la expresamos con soltura, pero existir, existe.
Hoy, que hay tanto leonés avezado en la simpleza de la crítica y en la onírica y fugaz imagen de la generalización desmesurada, debemos participarles de una época que algunos vivimos con emoción e indefectibles hechos plausibles, de crecimiento y proyección del modelo de ciudad que deseábamos y que hoy hemos heredado gracias a aquel tesón e idea de proyecto que daría un cambio radical a la imagen de ‘pueblo’ que tenía esta ciudad y que caminó hacia la ciudad moderna y de futuro que se han convertido nuestras calles y plazas.
Mario Amilivia fue alcalde de León desde 1995 y su gestión ocupó en el tiempo un total de once años de infatigable afán por cambiar esa antigua fotografía que desmesuradamente plasmábamos por doquier, por otra más moderna y que en ningún caso afectase a la fisonomía de la ciudad y menos aún a su vasto patrimonio, herencia de una ciudad bimilenaria.
Tengo la impresión de que a los grandes políticos no les hace la casualidad y sí la dedicación y sobre todo su visión sobre el futuro. Su maleta venía cargada de pasado laboral e independencia, por lo que ser alcalde de su ciudad era simplemente un honor. Licenciado en Derecho, fue secretario general de la Asociación de Empresas de Minas de Antracita, profesor asociado de la Universidad de León, y alcalde, más tarde, con la primera mayoría absoluta; diputado nacional, senador o presidente del Consejo Consultivo de Castilla y León también figuran en su trayectoria.
Pero estos datos no deben ser motivo de distracción, únicamente de pequeño inciso a la hora de valorar a una de las personas que más ha contribuido con el cambio sufrido en nuestra ciudad en esta etapa democrática. Por ello, he creído necesario arrinconar el olvido, antes mencionado y perfilar las huellas que su gestión dejó impresas marcando un antes y un después que no ha vuelto a encarecer por ese motivo los debates municipales y sí más bien las trivialidades de más desaciertos que aciertos en posteriores gobiernos municipales.
La verdad siempre es relativa, pero se puede conjugar en muchas ocasiones con ejemplos que inciten a la memoria a recordar o bien a concretar con datos contrastados. En el amplio dosier de obras y proyectos que marcarán a futuras generaciones figuran iniciativas como la calle Ancha, Ordoño, el entorno de la Catedral, Barrio Romántico, Sierra Pambley, Pilotos Regueral, la diversidad del Barrio Húmedo (destacando la rehabilitación de la iglesia más antigua de León, Palat del Rey). También recuerdo las obras en la Avenida Independencia o las calles, Alcázar de Toledo, Juan Lorenzo Segura, Villafranca o Del Carmen.
León, ciertamente, es una ciudad hecha para el ciudadano y alberga vínculos estrechos con servicios o como referente turístico (como hemos visto en los últimos años). Personalización que Amilivia vinculó para ofrecer una mayor organización y afectar a diferentes zonas como el Crucero, con la nueva rotonda o la peatonalización del puente de San Marcos con su despejada, esbelta y amplia plaza. Aspiraciones para un cambio que cierto es que, en muchos casos, sus presupuestos brotaron de Europa, pero para conseguirlos hay que proyectar, presentar y defender… San Isidoro, Plaza Mayor, Botines, San Martín o San Pedro, obtuvieron el beneplácito municipal.
Otra de las grandes alianzas con la memoria me lleva hacia Burgo Nuevo y la Pícara Justina, Ramón y Cajal o Torres de Omaña…y así, podríamos continuar muchas más líneas de implacable tenacidad. Pero quisiera focalizar el recuerdo en otros avances urbanísticos y culturales de primera magnitud nacional como fue la acertada construcción del Museo de Arte Moderno de Castilla y León (Musac), o el Auditorio de la ciudad, próximas a la reunificación de oficinas y sedes que también se hizo en su mandato con la nueva sede territorial de ja Junta. Obras que se entrelazaron con la rehabilitación del Palacio don Gutierre, las Cercas, la muralla o la cripta de las termas romanas situada entre el Obispado y la Catedral.
Caminar por las comisuras del tiempo me arrastra la mirada hasta el cauce del río Bernesga, donde se atisbaba el sueño de recrear un espacio nuevo, limpio y sostenible, como las amplias zonas verdes de Eras de Renueva, la Palomera, el parque de la Chantría, Polígono X, la Candamia (con la implantación de los huertos), San Pedro o Papalaguinda. En esta sucesión de empuje y crecimiento se vivió la construcción de nueve puentes y pasarelas, fuentes ornamentales como en el paseo de Salamanca, Renueva o Carrefour (hoy olvidada y apagada, también hay que anotarlo).
Para transitar por la ciudad y que su turismo fuese sostenible hacía falta crear también parkings y de ahí surgieron los de Ordoño, hospitales, Eras o Plaza Mayor. Y, para el deporte, tres piscinas climatizadas, el nuevo campo de Fútbol, Reino de León (que entonces se consideró una barbaridad y hoy casi se queda pequeño), y así hasta sumar más de 18 nuevas instalaciones deportivas. Pero quizá también tuvo y tiene en estos momentos un peso determinado la ampliación del Polígono Industrial de Onzonilla, como apuesta clara por tener suficiente suelo industrial y de ello nacería la incorporación del centro de distribución de Zara y la apuesta decidida y no casual de la construcción del Parque Tecnológico de León, para no solo crear empleo, sino conocimiento e investigación.
Este pródigo avance no lo sustento en ningún caso desde posibles confrontaciones que las habría, inquietudes electorales, que las hubo, ni siquiera en averiguar intervalos de pronunciados equívocos, que también se constatarán.
Simplemente analizo un período de tiempo y de ciertas situaciones que nos hagan reflexionar sobre que el orgullo de ser leonés no depende solo de tener mayores o menores presupuestos, puede ser la reivindicación el estímulo que cree riqueza en esta tierra que tanto lo necesita.
Es hora de responder a una sociedad que ansía ser liderada por hombres o mujeres con afán de mejorar, de crecer y de creer que además de todo, somos capital de Reino más poderoso de la Edad Media, Cuna del Parlamentarismo, creadores de Fueros, herederos de poderosas Legiones romanas o con tanta Historia y Patrimonio que nos hace inigualables.
La gestión de Mario Amilivia no debería ser olvidada, porque es un ejemplo, y eso de que nadie es profeta en su tierra, no puede ser paradigma de quienes vimos un León antes y ahora recorremos una ciudad distinta, más bella aún, abierta y, si nos damos prisa, con posibilidades de futuro dando un giro inesperado a nuestra historia reciente.