Diario de León
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cuerpo a tierra antonio manilla
León

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Los populismos no proponen: rechazan. La visión que postulan se basa en lo que sobra, en lo que hay que quitar, no en lo que hay que hacer. La monarquía o los inmigrantes, para el caso son lo mismo: candidatos a la erradicación. Los populismos explotan el perfil tirano del electorado, la reacción animalesca e irracional, ese primer impulso radical que nace del cabreo. Por eso la crisis es su caldo de cultivo, la placa de Petri sobre la que crecen y se desarrollan. Y de esos polvos vienen estos votos que se parecen a un puñetazo sobre la mesa y en realidad lo son: el aviso para navegantes de que existe inconformismo, malestar, algunos sectores de la población que se han sentido abandonados en sus reclamaciones e intereses por los grandes partidos democráticos. Hoy hablamos de ellos por culpa de esas elecciones andaluzas que nadie ha perdido ni tampoco ganado por mayoría, como antes llegaron a nuestros platos a raíz del movimiento que nació de unas tiendas de campaña plantadas en la Puerta del Sol.

La reflexión que deberían estar haciéndose los partidos constitucionales es sobre la realidad y no sobre cómo se ha producido el descalabro. Cuándo se desviaron tanto de la calle como para no ver venir las peticiones de la gente, los agravios sociales, el precio de un café en el bar del barrio. Cuándo decidieron, en algún oráculo a puerta cerrada, lo que era socialmente relevante y aquello que no merecía ni siquiera el esfuerzo de una explicación en el último párrafo de un programa. Las ideologías, queridas cúpulas, pueden ser políticamente correctas, pero los sentimientos a veces no lo son y también votan. Igual que las urgencias. Un indignado ve pasar el río desde su orilla, cuando no desde ese islote que ha creado la crecida del cauce y que minuto a minuto va perdiendo superficie. No es extraño que, sintiendo el agua al cuello, se abrace a soluciones desesperadas, que agarre cualquier cabo que le echen sin pararse a mirar quién tira de la cuerda.

Rentabilizar la ira es el principio de los ultrapopulismos que ocupan los extremos del espectro ideológico. Los partidos demócratas harían mal en competir con ellos tratando de sacar beneficios de la rabia. Lo apropiado sería un tratamiento etiológico, ir a la razón del mal, no quedarse en la superficie. Estudiar las causas de esa ira y dar alternativas.

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