LA LIEBRE
Ellos quedan atrás
Aquel reloj se paró a las once y unos minutos el 6 de mayo de 1962. Con las manecillas atenazadas por el cisco y la esfera rota se lo entregó ‘Lolo’ Cachafeiro, el listero del grupo, a la familia de Emilio López Suárez, después de que sacara el cuerpo del Socavón la brigada de salvamento. Murieron nueve mineros aquella mañana, ocho de los cuales tuvieron que esperar hasta 10 días para que los arrebataran del pozo en el que se habían enterrado. Pero ninguno quedó atrás. Nunca se dejó a un compañero dentro de la mina, aunque le costara la vida a quien fuera a por ellos, como le pasó a Jesús Antonio García, Chuchi, ese mismo año 1962 en el pozo Casetas de La Ercina, donde murió asfixiado al volver dentro para intentar rescatar a los tres picadores que le acompañaban en el tajo. La lista es infinita en el último siglo y medio, aunque haya que hacerla algún día para contar cómo el grisú, los costeros y la silicosis exterminaron en silencio a una raza de hombres a los que se reconocía por la sombra negra que deja el cisco en el óvalo de los ojos. Ahora, sus herederos, después de quedar abandonados a su suerte, han vuelto a meterse bajo tierra para dar su última lección callada de vida.
El rescate del cadáver del niño en Totalán ha encendido el foco sobre los mineros cuando ya sólo quedaba el silencio apagado de la lampistería. La exhibición impúdica de la bajada, alimentada de esperanza para cebar el espectáculo, ha servido para que la sociedad entienda cuál era su trabajo ordinario. La misma plaza pública en la que, gracias al relato interesado que vertían por detrás los políticos para justificar su traición, se los exhibió como unos privilegiados que cobraban prejubilaciones millonarias, como a subsidiados innecesarios, sin contar que el negocio lo hacían por detrás los patrones que jubilaban hijos desde la oficina y se embolsaban las ayudas, los acoge ahora como a héroes. La necesidad de encontrar referentes los encuentra en mitad de la escena con su mundo a punto de extinguirse: apenas quedan minas abiertas al otro lado del puerto y las cuencas reciben otro engaño, bautizado como ‘transición justa’, aunque sólo sean paliativos. Los mineros, que se levantaron en el franquismo y no dejaron de hacerlo ante todos los gobiernos con sus marchas negras, nos enseñan que nadie queda atrás. Aunque nosotros los hayamos dejado a ellos.