DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN
El futuro de León no espera

Mi llegada a la ciudad de León se produjo en un momento histórico social convulso. Franco había fallecido meses atrás, y la sociedad española se debatía entre la incertidumbre y la esperanza. Mentiría si relatara un recuerdo feliz de mi primer contacto con León. Por aquel entonces, la ciudad era un lugar frío y gris. Mis padres se toparon con una sociedad cerrada y austera, que contrastaba con el carácter alegre y ambicioso de navarros y aragoneses, lo que les costó encajar en un lugar al que, sin embargo, pronto quedaron unidos hasta el fin de sus días.
Es imposible mirar al pasado y no admirar el testimonio vivo de la presencia de la dominación romana en León. Lo que muchos solo imaginan en la ciudad eterna, reposa bajo nuestras calles, ante la ignorancia e indiferencia de vecinos y transeúntes, para desolación de los ilustres moradores del pasado, que asisten desconcertados al espectáculo de la denigración de la memoria de un territorio que en su día fue bastión del imperio de la mano del emperador hispano Trajano, y cuya inveterada historia se diluye ante el peso del factor demográfico.
Varios siglos más tarde, en el siglo X, el traslado de la corte del Reino de Asturias a la ciudad de León dio paso al Reino de León, que se prolongó durante tres siglos y extendió su territorio a Asturias, Galicia, Castilla y Extremadura. Y fue en este período en el que nuestra ciudad albergó el origen de la creación intelectual más trascendente de la historia universal. Son los Decreta, que suponen la participación de la sociedad civil en la toma de decisiones y el sometimiento de los gobernantes al imperio de la Ley. Es cierto que la historia es pasado, y no puede invocarse como argumento de reivindicación de cotas más altas de protagonismo de la provincia en el escenario nacional. Pero también lo es que aquellas prebendas que encuentran su fundamento en la historia local, como lo son las facultades de autogestión, deben ser valoradas de manera ecuánime con el resto de territorios. Y lo cierto es que no existe en el país una provincia con mayor desfase entre identidad histórica y margen de autonomía.
Ya en el siglo XX, es un lugar común apuntar a la influencia del Obispo Almarcha en la pérdida de la oportunidad de establecimiento de la fábrica de Renault en León, aunque se atribuye el mérito a Santiago López, alcalde por entonces de Valladolid, del que se afirma emprendió un decidido plan para propiciar la llegada a la ciudad de una instalación industrial que triplicó su población en tan solo tres décadas. Y en las postrimerías del pasado, una deficiente planificación pública de la estrategia contra el cambio climático terminó por arrebatar a nuestra provincia el último reducto de la economía de sector primario que conservaba cierto peso, la minería de carbón. Mientras cientos de familias vieron cerrar las puertas de las minas, y con ello su forma de vida, en Alemania, Polonia, Rumanía, República Checa… las chimeneas siguen vertiendo a la atmósfera el residuo de la quema de carbón.
A lo largo de 18 años de experiencia en el Juzgado de lo Mercantil de León he sido testigo una y otra vez de los errores que conducen al fracaso empresarial, y he podido comprobar de primera mano cuáles son las bases de una microeconomía saludable que redunde en una mayor riqueza, en beneficio de todos los ciudadanos. Un marco jurídico previsible y seguro, que facilite la inversión y permita a los empresarios acometer proyectos ambiciosos sin incurrir en un riesgo desmesurado que desincentive su iniciativa. Un poder político local equilibrado, capaz de idear estrategias para atraer la actividad empresarial, sin suplantar en ningún caso la viabilidad económica del proyecto. Y un sector empresarial formado, conocedor de los mecanismos a su alcance para maximizar las posibilidades de éxito del negocio, y también para afrontar situaciones de crisis con celeridad, responsabilidad, integridad y transparencia.
No sabemos qué le aguarda a esta tierra en el futuro. León ya no es la ciudad fría y gris que conocí a mi llegada. Hoy es un lugar alegre y luminoso en el que es maravilloso vivir… si se puede. La sempiterna apuesta por el turismo, no siempre valorada como vehículo de crecimiento económico, vive un momento de esplendor, de la mano del Camino de Santiago, la alta velocidad y el cambio de paradigma del ocio tras la pandemia del covid-19, que la provincia debe afianzar, con la ayuda de las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Debe, también, aprovechar su privilegiada ubicación en el centro del cuadrante noroeste, de lo que constituye feliz muestra el decidido impulso público local acometido en los últimos años mediante la dotación de unas infraestructuras propicias en el sector logístico. Y todo ello sin renunciar a la conservación del histórico sector farmacéutico ni al creciente polo biotecnológico, ni, por supuesto, al mantenimiento, promoción y desarrollo de una industria alimentaria de calidad.
Pero pese a los muchos años de trayectoria en León, la práctica totalidad de mi vida, no albergo espacio para el pesimismo. La provincia viene de sufrir un severo correctivo poblacional durante las tres décadas pasadas, pero los datos demográficos de los últimos años permiten esperar con realismo un cambio de tendencia. La llegada de migrantes augura una inversión del preocupante proceso de envejecimiento de la población que amenazaba con destruir la provincia no a largo, sino a medio plazo. Pese a ello, no puede negarse, el futuro se ve seriamente amenazado por la ausencia endémica de una estrategia pública activa y decidida de atracción de la inversión privada, con la excepción antedicha, que debe servir de hoja de ruta. No es desde luego tarea fácil, pero de ninguna manera es admisible la renuncia. El futuro de León no puede esperar. O se aborda, o se pierde.