Diario de León

Marta Santos Marín

Socióloga Y Filósofa

Nomine vanitatis

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La autoridad de la erudición no siempre es justa. De hecho, ahí donde hay una autoridad adquirida es muy probable que nazca la pulsión de un abuso. La mezquindad nos corre en la sangre. Hace falta ser santo, que no idiota, para renunciar a influir interesadamente en un tema sobre el que se nos reconoce autoridad. Por suerte, Dios nos libra de la fatal certeza de cometer una injusticia toda vez que a sus ojos ninguna opinión vale más que otra.

Poco se habla de los crímenes que «fundadamente» cometen las autoridades insignes. Las horas de estudio y dedicación parecen avalar su derecho a meter mano. Pero realmente, ¿qué tendrá que ver la erudición con la justicia, o más exactamente, qué idiota mecanismo mental presupone que el conocimiento y la virtud se desarrollan en el mismo sentido y no en el inverso? Sin asegurar que necesariamente su relación sea inversa, lo que sí es cierto es que la erudición y la mala fe pueden convivir perfectamente, mal que pese a los que prefieren desviar la mirada de las impúdicas fisuras del sistema. ¿Un juez es más justo porque se conozca al dedillo las leyes? Como mucho eso garantiza que conoce mejor los entresijos para valerse a conveniencia de ellas, pero no que vaya a darles un uso justo. Esta diferencia debería de ser fácil de ver. Además, la erudición tiene un punto peligrosamente tentador: pasado cierto umbral de esfuerzo, la soltura adquirida la vuelve divertida de ejercer porque se vuelve maleable a los caprichos de nuestra voluntad, y esto con una odiosa impunidad sin apenas grietas. Miente una y mil veces —me fulmine un rayo si miento yo— quien, habiendo afinado al máximo su habilidad en un campo, diga ignorar esto. Su ingenuidad fingida es vomitiva. ¿Alguna vez dejamos de ser niños traviesos intentando irnos de rositas con nuestras diabluras? Un juego cualquiera se vuelve más divertido cuando se gana la suficiente habilidad para colar trampas inadvertidas. Nos gusta el espectáculo de nuestra maestría, más aún si el estilo es fino, elegante: nos complace degustar el éxito de nuestras sutiles maniobras en completo silencio, como si no se hubieran producido. También es placentera la completa inopia de a quienes el negocio ha salido —sin pisparse— a perder. Todo es un redondo espectáculo de complacencia. El placer de regodearnos en una vanidad de la que encima sacamos provecho es inigualable, como la chica envanecida por su guapura además de por su habilidad para ponerla al servicio de sus intereses. En esta sublimación fácilmente se pierde el rastro del verdadero fenómeno, pero no hay que engañarse; aunque refinado, diluido, el sustrato permanece: vanitas vanitatum et omnia vanitas (Eclesiastés 1:2). ¿Y cómo la autoridad adquirida a través del cultivo de la erudición no iba a contagiarnos de vanidad? Es como si nos dijeran: «¡Enhorabuena! Ha adquirido usted el derecho de salirse con la suya. Amañe lo que su mano alcance a tocar en nombre de su ilustre distinción».

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