La monja
Cada vez que regresaba a Bolivia llevaba un cinturón, por debajo del hábito, con fajos de billetes de dólares. Unos dólares procedentes de la venta de su herencia

Hace ya muchos años, una novia me llevó de acompañante a una boda de alto copete. Asistía la sobrina del rey y en mi mesa se sentaba un Espinosa de los Monteros, entre otros jóvenes de buena familia. También estaba con nosotros una chica que destacaba por sus tatuajes de henna. Era una más del grupo, pero trabajaba para una ONG como cooperante en Somalia. No estaba allí por sentimientos humanitarios, sino por el elevado salario que le pagaban.
A otro amigo mío también lo contrató Acnur después de los bombardeos de la Otan sobre Serbia, pero como intérprete local y ganando cuatro perras. Cuando vino a España e intentó que lo contrataran como español, ya que también lo es, le dijeron que «nanay». Los sueldazos estaban reservados para unos pocos. Así fui sabiendo cómo funcionan estas organizaciones de cooperación internacional. La cosa es aún más sangrante cuando se trata de fundaciones u ONGs fundadas por filántropos, como Bill Gates o Soros. Aportan un dinero, convencen a los gobiernos para que pongan mucho más y luego fomentan la demanda de sectores en los que ellos mismos tienen intereses, como el farmacéutico o el armamentístico. Poco después de enterarme de estas cosas, fue cuando conocí a la monja. Era tía de mi mujer y, de joven, profesó como clarisa en Santa Isabel de los Reyes, en Toledo. Al igual que hiciera, en 1621, otra monja de su convento, Sor Jerónima de la Fuente, a quien pintó Velázquez camino de Manila, donde habría de fundar un convento; también ella atendió la llamada del obispo de Chiquitos, que echaba en falta una casa de vida consagrada en su diócesis y, pasada la cincuentena, partió para San Ignacio de Velasco, en Bolivia, para fundar otro convento. Traté con ella durante varias temporadas, cuando venía para ayudar a atender a su madre anciana. Entonces le tomaba un poco el pelo, le contaba chistes de monjas y le insistía en que yo no creía. Le decía que era de familia creyente, pero poco religiosa y de izquierdas, lo que era cierto. Ella se escandalizaba y rezaba por mí. Sin embargo, apreciaba mi conocimiento del santoral y que la felicitara por su santo o el día de Santa Clara. Cada vez que regresaba a Bolivia llevaba siempre un cinturón, por debajo del hábito, con fajos de billetes de dólares. Unos dólares, procedentes de la venta de su herencia, que ella repartía entre la gente de San Ignacio que lo necesitaba. Como les decía que procedían de su familia, no era raro que llegasen cartas de agradecimiento. La monja, como tantas otras religiosas, era la verdadera cooperante. No solo no se lucraba, sino que repartía lo suyo. Cuando me presenté a las oposiciones por primera vez, con menos de un mes de preparación, ella rezó para que me cayera lo poco que había estudiado. Así pude escoger entre tres temas, con lo que estuve a punto de aprobar. Lo haría al año siguiente con una aportación algo mayor por mi parte. Fue en esa misma época, cuando me aparecían ofertas de trabajo en Infojobs para andar por la calle captando socios para ONGs. Fue entonces cuando supe que aquellos chicos que a veces iban a la biblioteca, no eran voluntarios. Aunque monja de clausura, también era mujer de mundo y una vez la llevé a explicarle a una amiga, que quería hacer negocios en Bolivia, los pormenores del país. Realmente me llevó ella a mí, cogido de ganchete, por la calle. La última vez que vino, ya sabía que no iba a volver más y pasó el tiempo despidiéndose de familiares y conocidos. Sus hermanas de Santa Isabel de los Reyes le insistían para que se quedara en Toledo, pero ella prefirió volver a San Ignacio, donde se sentía más cerca de Dios, y fue allí donde entregó su alma hace ya cinco años. Todavía, a veces, le pido que rece por nosotros.