Diario de León
Publicado por
J. F. Pérez Chencho
León

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Según se entra, a mano derecha. Hay una mesa de mármol frío, perfecto cadalso para ahorcar al seis doble. Hasta hace un par de meses contaba con un cliente fijo: Manuel Valdés Marcos, periodista, 86 años, presidente de honor de la Asociación de la Prensa y personaje inequívoco de la vida social, política y humana de León. Iba para veterinario, pero gastó toda su vida en el periodismo, haciendo buena la precisión irónica de Otto von Bismark: «El periodista es un hombre que se ha equivocado de carrera». Sin embargo, yo creo que Manolo Valdés no se equivocó. Ingresó en la nómina de Proa a los pocos meses de su fundación y mantuvo la fidelidad cuando se transformó en La Hora Leonesa, y a partir de la enajenación de éste, hasta su jubilación. Era un periodista de fidelidades. Lo demostró también en La Hoja del Lunes, a la que vio nacer y morir. Cuando abandonó por años el viejo patrón, Primitivo García, fue elevado por sus compañeros a la cima de la Asociación de la Prensa, de la que ostentaba la presidencia de honor hasta anteayer, día de Carnaval, fecha de su muerte. Sólo a un periodista como Manolo Valdés se le puede ocurrir marcharse un día de máscaras. Ese día su sonrisa vertical se cortó de cuajo. Como cuando celebraba una noticia con sus inconfundibles: «Ahí va la vaina» o «no cubre gastos». Manuel Valdés ha llenado durante casi seis décadas la vida leonesa. Era el periodista del poder: gobernadores civiles y militares, alcaldes, presidentes de Diputación, delegados de ministerios, decanos de colegios profesionales, empresarios, asociaciones científicas o recreativas, culturales o deportivas, todos, tuvieron cobertura informativa en la pluma de Valdés. Escribía en la Olivetti, sin margen de cortesía y con dos dedos. Y era capaz de llenar una hoja/sábana del viejo Proa con una simple jura de bandera en El Ferral, o la inauguración de una biblioteca rural. Tocó todos los palos del periodismo. Lo mismo cubría la información municipal, que la provincial, entrevistaba a personalidades, o santificaba un natural en el toreo, rubricando las crónicas con su nombre y apellidos o con los pseudónimos de Mavalde y Farolillo. Fue memoria viva para necrológicas y notas de sociedad. Su implicación en el latir ciudadano le llevó a ser presidente de la Cultural por un día o formar parte del grupo de soñadores que hicieron posible la construcción de la plaza de toros de El Parque por suscripción popular. Manuel Valdés no se equivocó de carrera, no, aunque pudo ser un gran maestro de protocolo. Quizá hubiera llegado más lejos en la finura y reproche de buenos y malos modales. Valdés consiguió algo imposible: ejercer durante casi seis décadas en León y no tener enemigos. Eso es un milagro. Tal vez se deba a que siendo el periodista del poder se llevó con él demasiados secretos. Incluso su terca insistencia en que en León no hacía frío se me antoja como un secreto. No utilizó abrigo jamás, ni siquiera cuando colgaban de los tejados chupiteles de cristal.

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