SOMOS LEGIÓN
La variante tiene dueño
MIL juntas electorales no le hubieran hurtado a Álvarez Cascos el gustazo de bendecir la puesta en marcha de la variante ferroviaria de Pajares. ¿Propaganda?, pues claro. ¿Propaganda, -por el momento que se vive-, lindante con el oportunismo, el descaro y hasta con las dudas de legalidad?, pues también. Pero no estamos ante un cualquiera; estamos ante el gran inaugurador, ante un genio del brillante protocolo de las primeras piedras. Nadie antes que Cascos ha hecho montar tantas carpas y ha descubierto tantos monolitos. Pensar que al ministro de Fomento, le iba a parar una Junta Electoral Provincial por considerar que se trataba de un acto electoralista, era no conocer al de Gijón que ayer estuvo deliciosamente explícito al referirse esta anécdota que no le agrió los canapés: «La doctrina de la Junta Electoral Central (que revocó con nocturnidad la resolución de la provincial) es conocida, sabida y reiterada desde hace muchos años». Una frase lapidaria como para labrarla en la dovela inaugural; o para que la junta electoral provincial la guarde en sus archivos en una carpeta titulada: «Lo que todos sabían menos nosotros». El PSOE se echa las manos a la cabeza, pero ¿quién está en condiciones de garantizar que un ministro socialista no hubiera hecho lo mismo en una situación semejante? Al final, la forma puede ser muy discutible pero el fondo es, en este caso, esencial. Se está hablando de una obra que, por una vez, merece el calificativo de histórica; capaz de remover en su tumba a los espíritus más inquietos del siglo XIX, como ese Jovellanos intrépido y visionario, que dio nombre a una de las locomotoras que remolcaron al tren que, el 15 de agosto de 1884, llevando a bordo a la familia real, realizó el primer viaje por el laberinto de la cordillera. La variante de Pajares no es del PP, ni del PSOE, ni de ningún partido, sino que es la desembocadura de un caudaloso río de ilusiones tantas veces frustradas, de largas esperas y reivindicaciones, a una y otra parte de la cornisa cantábrica. Dejemos a Cascos que cargue las pilas de una disculpable vanidad, pero las siglas de esta obra pertenecen sólo a los hombres generosos que iluminaron, hace mucho tiempo, esta colosal aventura que ahora empieza a culminarse.