SOMOS LEGIÓN
Con Castilla, pero sin Castilla
SI HAY responsables de comunidades autónomas que consideran posible llegar, -respetando la Constitución, claro-, a la situación idílica de estar con España pero sin España, ¿por qué no ha de ser posible estar con Castilla pero sin Castilla? Esto último, además, es más fácil y apenas tiene riesgos porque aquí no nos llega para ejércitos de liberación y una revolución cruenta apenas se notaría con todo el sitio que tenemos. El PSOE leonés se ha lanzado a la arena del debate con una propuesta que se presenta como civilizadamente rompedora (reconocer formalmente a León como región dentro de la autonomía) y que, aunque no es nueva precisamente, aparece como tal a la luz del nuevo talante que nos invade y que incluye la posibilidad de acometer la reforma de los estatutos de autonomía que se considere que deben ser reformados. Se habla ya, de hecho, de que se estaría iniciando una «segunda transición» que haría posible ir encajando las piezas sueltas del rompecabezas autonómico. «Se trata de conseguir que, de algún modo, León pueda elegir su futuro y vea satisfechas sus demandas de autogobierno» resumió ayer el alcalde de León, Francisco Fernández, al referirse a esta propuesta que ya está negro sobre blanco y será debatida en el próximo congreso regional de los socialistas. El quid de la cuestión está en ese «de algún modo» aunque el hoy diputado Agustín Turiel, que ya defendió esta idea cuando presidía la Diputación, parece tenerlo claro: desaparece la Delegación Territorial de la Junta y se concentran las competencias y el autogobierno en una Diputación Regional de León. Y todo esto sin salir del inmueble de Castilla. Francamente, esto no lo mejora ni Tamarit. Ahora, para recuperar la autoestima perdida tras ser sutilmente engullidos en el ente castellanoleonés, sólo falta contagiar el fair play al PP en las Cortes de Castilla y León, poner más grande la «y», dialogar largo y tendido con los díscolos de la UPL, -no sea que pongan reparos al invento-, y abrir las puertas de la utopía. Y preguntarse: ¿Por qué no? Estamos ante el arte de lo posible pasado por la ceranda de la magia política. Pero, ¿acaso no vivimos en los tiempos del hechizo y del encantamiento?