EN BLANCO
Doble crimen
SUPERADO el estupor inicial ante el doble crimen de las muchachas policías de Hospitalet, la indignación acude al conocer el perfil de presunto asesino. Dejando a un lado las ocurrencias viscerales y precipitadas sobre el que hacer con esos criminales contumaces y, eventualmente, con los jueces que autorizan su retorno a las calles, dejando a un lado esas recetas brutales que dicta la indignación pues la Justicia se forja en las regiones más templadas de la razón y el derecho, hay que reconocer que el problema generan ciertos delincuentes, aquello cuya reincidencia en delitos espantosas es más de prever, tiene poca, ninguna o mala situación. Porque siendo cierto que los violadores asesinos son por lo común portadores de una especia de gen de la reincidencia y que, por tanto, su rehabilitación o cura es a menudo quimérica, no lo es menos que la sociedad, responsable tantas veces de su abandono o dejación de la deriva del delincuente, tiene la obligación de intentarlo, y para ello no le queda otra cosa que valerse de la ley, de los programas de reeducación y de los beneficios penitenciarios que coayudan a esa labor. Así son las cosas y así deben ser si queremos una sociedad civilizada y garantista, pero cuando el sistema falla, los esquemas saltan hechos añicos y a los ciudadanos les embarga la dolorosa impresión de que esa matanza podría haberse evitado. Nada ni nadie puede ya devolver la vida a esas infortunadas policías, pero sí es exigible a la justicia (legisladores, magistrados, jueces de vigilancia penitenciaria) que apure al máximo de esfuerzo y de talento para que ninguna bomba humana circule entre la gente sin desactivar.