FRONTERIZOS
Premios
HAY PREMIOS de los que uno disfruta, sin haberlos recibido, como si fueran algo propio. Y esta semana de aniversario triste se han dado a conocer tres y muy relevantes el «Mario Vargas Llosa» de relatos a César Gavela (que nunca obtuvo el «Cuentos de Invierno» como equivocadamente le adjudiqué la pasada semana; el ponferradino que lo había conseguido fue José Antonio Panero), el Premio de las Artes de Castilla y León a Fernando Urdiales y el de la Crítica de Castilla y León a Raúl Guerra Garrido. En el caso de Gavela me alegro por lo que supone de consolidación para un escritor maduro y consistente y por la especial emoción que para él supondría recibirlo de manos del propio novelista peruano, a quien admiramos. El de Fernando es, si cabe, mucho más especial. El premio de las artes a este leonés, que es sin duda uno de los grandes directores de la escena española del último cuarto de siglo, es un reconocimiento a la categoría artística de aquellos que, en un sector que deriva peligrosamente por las aguas del ocio, del espectáculo y de la llamada «industria cultural», han derrochado sabiamente su vida a bordo de naves corsarias, conscientes del valor sagrado de la escena como espacio de representación de las grandezas y las miserias humanas. Gentes como Urdiales y su Teatro Corsario, han sido capaces, a cambio de enormes sacrificios personales y en medio de un páramo de indiferencia, de mantener encendida una llama que desprende calor, luz y emoción, que viene de muy lejos y que está siendo sistemáticamente amenazada por una sociedad muerta y decadente, plagada de analfabetos titulados abrazando los espejismos de la fama.